miércoles, 18 de enero de 2017

Echeverría o la imposibilidad de la Argentina

Por Sergio Sinay

Reseña de una novela excepcional, que penetra en el alma de uno de los tantos protagonistas de la  historia que soñaron con una Argentina imposible y se vieron derrotados y expulsados por el atrevimiento.






En un momento avanzado de su corta vida, y de la trama de esta novela excepcional (para decirlo pronto), Esteban Echeverría piensa que si está en donde está en ese momento, exiliado en su propia patria, huyendo del salvajismo intolerante de una dictadura que se atribuye la voz del “pueblo” y de la “patria” (dos palabras caras a los populismos y a los autoritarismos de todos los tiempos), es porque él estaba equivocado. Escondido en medio del desierto, derrotado intelectual y moralmente, a merced de una enfermedad que lo va venciendo sin remedio, acepta que “la Argentina no es lo que creía”.
Echeverría, la novela de Martín Caparrós, es el relato de esa derrota, de ese desencanto y es una profunda e implacable meditación sobre la literatura, sobre cómo se cuenta la historia y sobre la imposibilidad de la Argentina. Una imposibilidad que, a la luz de esta narración, asoma como congénita.
Esteban Echeverría mamó en París la leche del romanticismo y de la democracia republicana mientras estuvo becado allí por el gobierno de Rivadavia, entre 1826 y 1830, y a su regresó creyó que con la estética y la pasión del primero se podía fundar una literatura argentina y que con los fundamentos de la segunda sería posible avanzar en la visión de un país que superara antinomias trágicas y sangrientas y se construyera sobre la diversidad, la equidad social y sobre el credo republicano. Intentó plasmar esos ideales junto a figuras como Marcos Sastre, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez entre otros. No fue casual que, en su momento, todos terminaran en el destierro, y que aún hoy sean ninguneados por portadores de poderes e ideas que han mantenido al país alejado de todo destino posible. Aun así Echeverría logró al menos fundar la literatura argentina con un poema como La cautiva y, sobre todo, con un relato como El matadero. “La historia del muchacho en el matadero del Alto le ocupa la cabeza”, se lee en la novela. “Le parece un reflejo de lo peor de la Argentina: una metáfora, se dice, de lo peor de la Argentina –de lo que no creía que la Argentina fuera”.
La escritura de Caparrós en Echeverría es depurada, precisa, incisiva. Cada palabra cuenta, no está allí por azar. Hay una impresionante penetración en los sentimientos, pensamientos y respiración del personaje. Y una lúcida y perfecta simbiosis entre lo ficcional (lo que el autor imagina sobre este protagonista real) y la reflexión sobre las circunstancias históricas en las que vive. Sin ruptura esa reflexión se extiende al presente y lo hace también sin subrayados innecesarios ni moralejas. Se puede intuir (al menos lo intuí como lector) que, mientras acompaña la odisea de Echeverría, Caparrós medita sobre sí mismo como escritor, sobre esta misma obra y sobre el papel y el deber de los intelectuales, sobre todo después de las perversas, oportunistas y corruptas conductas que tantos de estos exhibieron sin pudor y sin moral en tiempos recientes. Tiempos acaso tanto o más oscuros que los vividos por Echeverría. Quizás haya que afirmar que son más oscuros, porque el autor del Dogma Socialista (propuesta de una democracia posible) murió pobre y enfermo en Montevideo, en 1851, a los 46 años, como una víctima más de un país expulsivo, y en lo profundo y esencial nada parece haber cambiado desde entonces.

Tanto desde el punto de vista literario, como desde el político e histórico, Echeverría, la novela de Martín Caparrós, es un texto poderoso, necesario, inclemente, y una exquisita muestra de lo que significa escribir bien. De su lectura se sale conmovido, dolorido y con una certeza. No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio. No, al menos, en la Argentina.

miércoles, 4 de enero de 2017

El amor y la política

Por Sergio Sinay

Esta columna fue publicada en el diario Perfil el 31-12-16


¿De qué son capaces los individuos cuando se reúnen, se organizan, piensan y deciden? Para el filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou, lúcido pensador contemporáneo, responder a este interrogante hace al corazón de la política. Por eso, dice en Elogio del amor, no se puede hacer política sin el Estado, pero la meta no puede ser apoderarse del mismo para acumular poder. La meta es la respuesta a la pregunta inicial de este texto.
El mismo interrogante, acota Badiou se aplica al amor: ¿dos que son irremediablemente diferentes, serán capaces de asumir juntos esa diferencia volviéndola creadora? Si lo hacen romperán con lo establecido y crearán algo nuevo. Lo mismo ocurrirá, de modo colectivo, en la política. No puede haber una política del amor, señala el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han al ocuparse de este tema. Pero tampoco puede haber verdadera política sin amor. Veamos por qué.
Si no se reconoce la existencia del otro, su diferencia, la imposibilidad de aprehenderlo y convertirlo en objeto, si no se respeta la alteridad y no se la convierte en motor del vínculo, no hay amor ni erotismo, sino pura sexualidad narcisista, genitalidad sin destino más allá del instante fugaz. En La agonía del Eros, Han insiste en que erotismo y amor son inseparables. El erotismo necesita del otro, es de a dos, y allí talla el amor. La sexualidad a secas, se basta con la pornografía, donde no hay otro ni contacto, ni mirada, ni piel ni tacto.
A su vez, agrega el filósofo, la política actual carece de valentía, se carga de enojos o de descontentos, pero no de ira. La ira transforma estados, produce algo nuevo. El enojo y el descontento carecen de potencia alteradora, dejan todo como está. Así la política se atrofia y se convierte en mero trabajo. Burocracia sin un para qué colectivo, sin “nosotros”, aunque se repitan estribillos carentes de pasión, como  “en todo estás vos” o “juntos podemos”.
¿Cómo podría haber alteridad, como podrían existir el otro y un Eros político, cuando quienes gobiernan creen dogmáticamente que las redes sociales remplazan al encuentro real entre personas reales, que se trata de llegar a  muchos aunque no tengan rostro ni carnalidad, aunque sean presencias virtuales, y no al prójimo personificado, ese que (en palabras del gran filósofo existencialista Emanuel Lévinas) con su presencia, su rostro, su mirada, me da existencia, funda el humanismo y da sentido a la moral? Cuando se timbrea ante puertas previamente seleccionadas o se viaja en colectivos escenográficos junto a pasajeros reclutados, se convierte al Eros de la política en simple genitalidad. El otro de ese colectivo, de ese timbreo o de ese abrazo epidérmico a un jubilado es un simple objeto. Esa persona no existe como tal, es un medio, no un fin. Como en la pornografía, no hay amor ni erotismo.
Cuando Eros está ausente, dice Byung-Chul Han, el logos deja de ser conocimiento real y profundo y se transmuta en una colección de datos. Nada más. Acaso a la luz de todas estas ideas se pueda ver desde otra perspectiva las recientes eyecciones de Isela Costantini y Alfonso Prat-Gay. Lidiando con áreas extremadamente conflictivas en sus funciones aparecía en ellos la alteridad, la diferencia, se configuraban como otros reales dentro del “equipo” (?) gobernante. Proponían la discusión, la búsqueda del objetivo común desde la divergencia. Sobre todo Costantini, que además de números veía personas (el personal, los pasajeros). Demasiado Eros para un narcisismo primitivo, que se parapeta detrás de lo igual, sospecha de lo diferente y le teme o lo desprecia.
El amor es una aventura singular mientras la política propone una aventura colectiva, advierte Badiou. No deben confundirse, aunque, en su esencia, ambos proponen cambiar, transformar, crear. Solo que en el amor hay obstáculos y en la política enemigos. Saber identificarlos es el desafío. Si no se sale al mundo externo se creerá que están adentro. Y salir requiere quitar los ojos de las pantallas y mirar a las personas. El amor interrumpe la perspectiva unipersonal, hace surgir al mundo desde el punto de vista del otro, dice Han. Y quizás en este punto el amor tenga algo importante que enseñarle a la política.


viernes, 23 de diciembre de 2016

¿Qué decimos al desearnos felicidad?

Por Sergio Sinay

La felicidad no es una meta a alcanzar, sino un fruto a recoger. Todo depende de la siembra.




Va a ser una de las palabras que más diremos y que más escucharemos en los próximos días. Acaso encarna la mayor aspiración humana. Felicidad. Felices fiestas. Feliz Año Nuevo. Felicidades. En esta época del año la palabra se cuela en cada frase. ¿Qué deseamos, qué nos desean cuando la invocamos? ¿Qué es la felicidad, en definitiva? En el origen de la palabra, encontraremos el término griego eudaimonía que, según Aristóteles, se trata del bien supremo al que aspiran todas las acciones humanas.
Y, sin embargo, ¿qué es la felicidad para cada uno de nosotros en particular? Probablemente no habrá dos respuestas similares, porque no existen dos personas iguales. ¿Cómo alcanzar, entonces, la felicidad? ¿Cómo llegar a ella? Creo que cuando nos planteamos estas preguntas, las respuestas se nos escapan como arena entre los dedos. Porque, en mi opinión, la felicidad no es algo que se alcanza ni un lugar al que se llega. El escritor alemán Herman Hesse (autor de Siddartha y El lobo estepario) decía que “es un cómo y no un qué, no es un objeto”. De acuerdo con esto, podríamos verla como una forma de viajar, no como un destino.
¿De qué esta hecho ese viaje? De nuestras acciones diarias, de nuestros vínculos, de nuestras actitudes. Creo que antes que buscar la felicidad, hay una prioridad. Se trata de encontrar un sentido a nuestra vida personal, singular, única. Un sentido trascendente. Trascender es ir más allá de uno mismo, alcanzar a otro, a otros, a través de lazos de amor, de empatía, de colaboración, de fecundidad, de comprensión, de aceptación. Eso nos hace humanos, esa es la gran diferencia entre nosotros y otras especies. Trascendemos, entendiéndolo de este modo, en la relación amorosa nuestros hijos, con los seres que amamos, con la apertura hacia aquellos con quienes nos vinculamos de diversas maneras, en una obra de arte, en el modo de encarar nuestro trabajo, en la forma en que nos integramos en los círculos y en la comunidad que constituimos, en el alimento que elaboramos y ofrecemos, en las palabras conque nos acercamos al semejante. No hay recetas. Cada ser es único y encontrará un modo único de ir más allá de sí para trascender en los otros. Cuando entendemos en qué consiste la trascendencia (no se trata, queda dicho de hacer grandes obras, de convertirse en prócer, de alcanzar celebridad), todos los actos y gestos de nuestra vida, aún los más pequeños, tienen sentido.
Con el sentido se hará presente la felicidad. No será el resultado de una búsqueda, sino la consecuencia de un modo de vivir y de vincularse. La búsqueda obsesiva de la felicidad suele llevar a penosos malos entendidos. Así confundimos satisfacción con felicidad. La satisfacción es epidérmica, no trasciende. Tampoco el placer entendido como fin es felicidad. Cuando buscamos la felicidad como un cazador que persigue una presa, solemos volver con las manos vacías. Tampoco se trata de una meseta en la que nos instalaremos para siempre
Estas confusiones nos hacen creer que la felicidad anida en  un auto, un viaje, una silueta perfecta, una abultada cuenta bancaria, una operación que promete hacernos más jóvenes, una casa imponente, el artefacto de última generación, en una relación o en una persona. El pensador indio Krishnamurti decía : “Cuando buscamos la felicidad por medio de algo, ese algo se vuelve más importante que la felicidad misma. Cuando la felicidad es buscada a través de un medio, ese medio destruye el fin”.

En esos casos sobreviene una angustia, un vacío inexplicable. ¿Si lo tengo todo por qué no soy feliz? Porque la felicidad no anida en el tener. Es una sensación, es la consecuencia de una actitud ante la vida, no se puede capturar como una mariposa de colección. Es el resultado de nuestros actos, somos responsables de ella. Sería hermoso que al desearnos felicidad, en estos próximos días, nos estemos deseando una vida trascendente, una vida ligada al semejante, una vida con sentido.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

¿Es Donald Trump el amo?

Por Sergio Sinay

Sus groserías, su violencia verbal, su ausencia de respeto y empatía pueden ser las pantallas que ocultan al verdadero poder.




En 1954 un film inglés dirigido por David Lean (el realizador de Lawrence de Arabia) ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Titulado ¿Es papá el amo?, contaba la historia de un vendedor de zapatos despótico, enfrentado a sus tres hijas que, a medida que crecen, lo enfrentan, generando un fuerte conflicto familiar. ¿Habrá, a medida que avance su gestión, un conflicto entre los métodos y el carácter de Donald Trump y la ciudadanía estadounidense? ¿Lo habrá entre Estados Unidos y el resto del mundo (excepto Rusia)? ¿Será Trump de veras el amo, autoritario, capaz de saltarse las leyes, de amenazar y mentir a diestra y siniestra, de perseguir ciudadanos a causa de su raza o nacionalidad?
Con todo lo preocupante que es su triunfo, como lo fue su campaña, quizás no sea Trump el amo, como no suele serlo ningún presidente estadounidense (o de casi cualquier país) en los tiempos de la globalización. Más allá de que obtengan sus mandatos por vías democráticas, sus mandantes no son quienes los votaron. Esa es una ilusión óptica. Los presidentes son, en la práctica, gerentes que responden a los mandatos de accionistas que, como es de rigor, permanecen anónimos en cuanto a sus identidades. Quizás por eso Obama (que quedará bien perfilado en la historia) corrió a salvar a los bancos que de manera criminal provocaron una de las mayores crisis económicas y financieras de la historia mundial en 2008, dejando un tendal de vidas y futuros destruidos, y acaso sea esa la razón por la que ni él ni nadie pueden con la National Rifle Association, la organización que vela, armas en mano, por los intereses de la industria armamentista. Son apenas un par de ejemplos, por no mencionar a otros mandantes-accionistas, como la industria farmacéutica, la petrolera o la automotriz.
Las grandes corporaciones y oligopolios que van colonizando a pasos agigantados la economía mundial (y que pese a la expansión china siguen teniendo su centro en EE.UU.) necesitan calma para seguir expandiendo su poder, apoderándose de nichos y empresas menores y conquistando mercados. Según el McKinsey Global Institute (organismo privado que estudia la economía global), 10% de los grupos que cotizan en Bolsa obtienen el 80% del beneficio económico mundial. La tendencia del momento (como refleja un extenso informe publicado por El País, de Madrid, el 30 de octubre pasado con la firma de David Fernández) no es la competencia entre compañías, sino la fagocitación de las menos poderosas por las más grandes. Peter Thiel, fundador de PayPal, escribió,  recuerda Fernández,  que “la competencia es para perdedores”. Los ganadores construyen monopolios, y los monopolios se unen en oligopolios. Ahí está el poder, no en las bravuconadas del mamarrachesco Trump.
Hay una estrecha ligazón entre poder político y corporaciones (las rencillas entre “círculos rojos” y gobiernos puntuales son anécdotas que no alteran la cuestión de fondo). El tamaño que adquieren algunos conglomerados los convierte en factores de poder ante quienes los gobiernos se postran o claudican. De hecho, muchos de estos mastodontes económicos manejan cifras que superan largamente los presupuestos y el PBI de países en los cuales actúan. Y actúan en cada vez más territorios, porque, como los dinosaurios, su tamaño les requiere espacios cada vez mayores. El límite es el planeta. Los Estados y sus gobiernos pasan a ser parte de este juego. Ni hablar de los ciudadanos. Como anotó hace un tiempo el sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman, estos van perdiendo sin prisa y sin pausa esa categoría. Son, ante todo, consumidores. Y serán, en tanto la tendencia oligopólica se acentúe, consumidores cautivos con derechos menguantes. Al votar, simplemente contribuirán a la designación del gerente de turno. No más.

Desde esta perspectiva, que el mundo se espante ante Trump es apenas un juego de distracción. Donald Trump es el nombre del gerente de turno. Los accionistas posiblemente lo disciplinarán, pero le permitirán mantener algunos de sus trucos para entretener al respetable mientras el poder se ejerce en otra parte y de otro modo.

viernes, 28 de octubre de 2016

A las armas las carga el hombre

Por Sergio Sinay

Cuando una sociedad vive sin límites, olvida el ejercicio de los valores y accede a la mano propia como método de justicia, se convierte en un ámbito de muertes anunciadas



Alguien puede matar a una persona con un martillo. Pero los martillos no están hechos para matar sino para trabajar y construir. Son herramientas. Las armas, en cambio, están hechas para matar. Pura y exclusivamente para eso.  Vale para todas las armas, incluidas las de caza, porque el cazador toma vidas, mata. De manera que donde hay un arma, la muerte ronda. No puede sorprender su presencia. Un arma cargada no solo contiene balas, contiene muerte potencial.
Raymond Chandler (1888-1959), uno de los padres fundadores de la novela negra, creador del detective Philip Marlowe y de obras maestras como El largo adiós, El sueño eterno o Adiós Muñeca, además de otras, señalaba que si un escritor pone un arma en el primer capítulo de su novela está obligado a hacer que ese arma se dispare en algún momento, así sea en la última línea. Por ello, aconsejaba, hay que pensarlo bien antes de incorporar ese instrumento mortuorio. El consejo de Chandler vale para la vida cotidiana.
En silencio, careteando (como en tantas cosas), simulando pacifismo, la sociedad argentina, por derecha y por izquierda, se ha convertido en una sociedad armada. La ONG Red Argentina para el Desarme calculó que hay un arma, legal o ilegal, cada diez habitantes. Y un informe del Ministerio de Salud de la Nación daba cuenta, a fines de 2015, de que cada día mueren ocho personas en el país por causa de armas de fuego.
En la presente semana un chico de 13 años mató a uno de los cuatro ladrones que ingresaron a su casa y amenazaban a su madre y a su hermano menor. Lo hizo con una pistola de su padre. Una de las tres armas que este dijo tener. También dijo el hombre que cuando va al polígono lleva a su hijo con él. Las variadas reflexiones, especulaciones y declaraciones que espasmódicamente, como es costumbre, se esparcieron alrededor de este episodio se centraron en la sorpresa, el espanto, el estupor y otras reacciones emocionales, pero olvidaron subrayar que el chico se criaba en un ámbito donde la posibilidad de la tragedia estaba implícita. El arma ya estaba en la casa, y a partir de ahí basta con recordar a Chandler.
El caldo en que se cultivan estas tragedias es alimentado, sin duda, por un Estado que (a través de sucesivos gobiernos) se desentendió de sus responsabilidades indelegables en materia de seguridad y justicia (también de salud, educación y demás, pero no viene a este caso). Al convertirse en una enorme caja de recaudación y manipulación para corruptos económicos y morales disfrazados de gobernantes y funcionarios, dejó a la sociedad librada a su propio albedrío. Pero también colabora, y mucho, un entramado social en el que los límites se relajaron hasta desaparecer, los valores son palabras huecas y no un ejercicio diario, los deberes no cuentan, los deseos se proclaman como derechos y cada quien ejecuta su propio código de justicia. Una sociedad en la que sobrevive el más fuerte, el más rápido, el mejor armado.
Escrito hoy, este comentario tendrá vigencia mañana y pasado también. Porque así como la sociedad argentina dice horrorizarse del espantoso episodio con el que se desayuna cada día (para felicidad de tantos medios de comunicación que viven del morbo como los vampiros viven de la sangre), también muestra una enorme capacidad de olvido instantáneo. Hasta el próximo disparo. Que, desgraciadamente, está por sonar.

viernes, 21 de octubre de 2016

Ni uno más

Por Sergio Sinay

Poner freno a la violencia física y emocional contra la mujer es responsabilidad de los hombres.




La marcha Ni una menos del miércoles deja secuelas que merecen atención. Una de ellas, las declaraciones de muchos varones (y bastantes mujeres) que proponen movilizarse contra todo tipo de violencia. Algunos lo hacen al tiempo que dicen apoyar la marcha y los reclamos. Otros, como reacción ante la protesta. Vivimos en una sociedad violenta: asesinatos, asaltos, peleas callejeras, peleas en los colegios, en los boliches, en las canchas (dentro y fuera del campo de juego), descalificaciones continuas, violencia verbal, violencia contra los animales. Abarca a todas las clases sociales, niveles culturales, profesiones, oficios y edades. Frente a esto hablar contra la violencia queda bien, es oportuno y cumple con los requisitos del pensamiento correcto.
El pensamiento correcto es peligroso. Conduce al relativismo moral y fomenta la inmovilidad. Al proponer que “todo” debe ser tomado en cuenta (ideas, culturas, ideologías, actitudes) termina por no profundizar ni detenerse en nada. Y se parece al “no te metás”. No te metás porque es otra cultura, porque no sabés, porque hay que escuchar todas las voces (¿cómo distinguirlas en el barullo?), etcétera, etcétera. Así no se priorizan necesidades ni sufrimientos, se termina en la inacción y la indiferencia cool.
Los hombres que se dicen “no machistas”, sino “antifeministas” son un ejemplo claro. Si uno de veras no es machista, no tiene por qué agregarle el antifeminsimo. Pero ocurre que simulando disparar contra el radicalismo feminista (que a menudo es la contracara exacta del machismo al convertir una parte en un todo excluyente), se suele expresar de una manera velada, soft y hasta glamorosa un agudo malestar ante el creciente protagonismo de las mujeres en áreas que les eran prohibidas, malestar ante el clamor femenino que exige acciones y se las exige en primer lugar a los hombres, malestar ante una situación que amenaza la zona de confort masculino que durante generaciones permitió a los varones poner las reglas de juego en las áreas donde se juega el destino colectivo y común: la política, los negocios, el espacio público, el sexo, la ciencia, la técnica.
El “antifeminismo no machista” termina en un machismo light, pero machismo al fin. Cuando se habla de violencia contra la mujer, se habla de un femicidio por día, de más de 300 mujeres asesinadas por hombres cada año, de chicos huérfanos, de la indiferencia estatal (sea el gobierno que fuere), de una justicia machista y cómplice, de una educación familiar que sigue transmitiendo concepciones patriarcales (aunque lo haga de manera intelectualmente elegante). Si nos proclamamos contra “la violencia de todo tipo” nos quedamos en declaraciones bienpensantes que dejan todo como está.
Empecemos por una violencia específica. Y empecemos los varones. Es un ejercicio mínimo de responsabilidad. Las mujeres no se matan entre ellas. Tampoco son suicidios. Mueren a manos de hombres. Por lo tanto, este es un problema nuestro, de los varones, y debemos ser los primeros en abordarlo y ponerle un freno. No se asusten, muchachos, la masculinidad auténtica, profunda, nutricia, fecunda, capaz de liderar con valores, de transformar el mundo para mejor, de abrir el corazón para que entren y salgan emociones fertilizantes, la fuerza masculina capaz de construir, no están en peligro por la movilización de las mujeres. Están en peligro por la pasividad de los varones ante el brutal machismo de tantos congéneres que no solo se expresa en femicidios, sino en guerras, narcotráfico, barras bravas, depredación económica, vaciamiento de la política, todas especialidades masculinas (en las que suelen filtrarse mujeres machistas, que las hay y las conocemos).
La violencia contra la mujer es contra la mujer. Punto. Acabemos con ella y vayamos luego por cada tipo de violencia, con menos palabras y declaraciones seductoras para la tribuna y más acciones concretas y anónimas en el día a día. Para esto se necesita mucha testosterona. Pero espiritual, del corazón, no de los testículos. Y hay que producirla con conductas, con actitudes. Requiere mucho coraje. Mientras ellas claman Ni una Menos, nosotros deberíamos prometernos que Ni uno más, ni un machista más ofendiendo y deshonrando a nuestro sexo con femicidios, descalificaciones a las mujeres, chistes machistas, indiferencia, maltrato laboral, publicidad sexista del peor tipo, etcétera.

Nuestra sociedad no solo es violenta. Es machista. Y, para peor, es careta. Basta. Ni un machista más haciendo de las suyas o disfrazándose de no machista.

jueves, 6 de octubre de 2016

El Estado, un bien necesario

Por Sergio Sinay

Un viejo y peligroso malentendido lleva a confundir Estado con Gobierno y a verlo como obstáculo para la libertad, cuando en verdad es el garante del bien común

   
“Yo al Estado no le tengo el menor respeto”. El pasado martes en un programa nocturno de entrevistas por cable, su conductor repetía enfáticamente esta afirmación ante la mirada curiosa de su entrevistado. Si una función (y responsabilidad) del periodismo es disipar confusiones y ayudar a entender, integrando información y opinión, las circunstancias que vivimos y los escenarios que transitamos, aquella rotunda declaración, casi un arrebato emocional, no contribuye con la misión. Con el mismo enfado y la misma ausencia de argumentos, muchos ciudadanos de a pie podrían haber espetado la misma frase. Y habrían revelado idéntico embrollo conceptual respecto del objeto de su rechazo.
Aunque ya desde las aulas, por no mencionar la tarea política o los canales informativos, se suele hacer muy poco por recordarlo y explicarlo, Estado y Gobierno no son lo mismo. Pero aun así prevalece una y otra vez la tentación de convertirlos en sinónimos. En la colectividad humana llamada país o nación (que tampoco son sinónimos) el Estado es permanente y los gobiernos son transitorios, aunque algunos se sueñen eternos. Estado es el nombre de un contrato social por el cual una comunidad se compromete a perpetuarse, convivir y proveer a sus miembros condiciones justas para que cada uno desarrolle sus potencialidades y proyectos de vida respetando el bien común. Sin ese contrato se malentiende la libertad, cada quien se dedica a imponer lo suyo a expensas de los demás y prevalece, con costos altos y trágicos, la ley del más fuerte hasta que, en su soledad final, incluso el más fuerte sucumbe.
Las instituciones del Estado, a través de las cuales este garantiza educación, salud, seguridad, justicia, normas de convivencia y un entorno de dignidad, no son abstracciones. Necesitan de quien las gestione. Ese es el gobierno. Sin las personas reales que son elegidas para conducirlo, el Estado resulta apenas una idea, un propósito que no encarna. Como todos los miembros de una comunidad no pueden gobernar al mismo tiempo, se elige a un grupo de ellos para que lo haga, en representación del colectivo y supeditado a él. Otro malentendido consiste en confundir mandatario con mandante. El mandante subordina al resto. El mandatario, en cambio, es un subordinado y debe dar cuenta de lo cumplido o incumplido. Antes que jefe es empleado.
Los gobernantes suelen confundir Estado con pertenencia personal y usan a la institución en beneficio propio o de su grupo. Los gobernados, a su vez, convierten su indignación por un mal gobierno en furia contra el Estado. Esta confusión es tan repetida como grave. Deriva en el serial incumplimiento de leyes, la transgresión de normas como modo de vida, la evasión impositiva, la depredación del espacio público, la destrucción de bienes comunes. En la creencia de que están castigando al gobierno de turno, los ciudadanos terminan por dañar así al Estado y por perjudicarse a sí mismos. El perro se muerde la cola creyendo que es de otro.
La corrupción, el autoritarismo, la imposición a menudo inmoral de intereses corporativos, entre otras causas, generaron en la segunda mitad del siglo XX, y en lo que va de este, lo que John Gray, filósofo político y acérrimo crítico del capitalismo, del comunismo y de otros fundamentalismos, señala en Contra el progreso y otras ilusiones, como un derrumbe generalizado del Estado en todo el mundo. “El resultado es que miles de millones de personas carecen de condiciones de vida dignas”, apunta Gray. Y sostiene, contra los dogmas de cierto liberalismo mal masticado y peor digerido, que no se trata de eliminar el Estado o reducirlo a una ridícula expresión, sino de devolverle su esencia, su función y su misión en la vida de las sociedades.

Se le puede perder el respeto a un gobierno que incumplió sus mandatos, que traicionó y humilló a sus mandantes, que degradó los lazos y los cimientos comunitarios y que no honró sus compromisos. Pero perderle el respeto al Estado suena a berrinche infantil y a una peligrosa invocación de la anomia, del anarquismo más destructivo y del tribalismo más primitivo y depredador.