miércoles, 9 de noviembre de 2016

¿Es Donald Trump el amo?

Por Sergio Sinay

Sus groserías, su violencia verbal, su ausencia de respeto y empatía pueden ser las pantallas que ocultan al verdadero poder.




En 1954 un film inglés dirigido por David Lean (el realizador de Lawrence de Arabia) ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Titulado ¿Es papá el amo?, contaba la historia de un vendedor de zapatos despótico, enfrentado a sus tres hijas que, a medida que crecen, lo enfrentan, generando un fuerte conflicto familiar. ¿Habrá, a medida que avance su gestión, un conflicto entre los métodos y el carácter de Donald Trump y la ciudadanía estadounidense? ¿Lo habrá entre Estados Unidos y el resto del mundo (excepto Rusia)? ¿Será Trump de veras el amo, autoritario, capaz de saltarse las leyes, de amenazar y mentir a diestra y siniestra, de perseguir ciudadanos a causa de su raza o nacionalidad?
Con todo lo preocupante que es su triunfo, como lo fue su campaña, quizás no sea Trump el amo, como no suele serlo ningún presidente estadounidense (o de casi cualquier país) en los tiempos de la globalización. Más allá de que obtengan sus mandatos por vías democráticas, sus mandantes no son quienes los votaron. Esa es una ilusión óptica. Los presidentes son, en la práctica, gerentes que responden a los mandatos de accionistas que, como es de rigor, permanecen anónimos en cuanto a sus identidades. Quizás por eso Obama (que quedará bien perfilado en la historia) corrió a salvar a los bancos que de manera criminal provocaron una de las mayores crisis económicas y financieras de la historia mundial en 2008, dejando un tendal de vidas y futuros destruidos, y acaso sea esa la razón por la que ni él ni nadie pueden con la National Rifle Association, la organización que vela, armas en mano, por los intereses de la industria armamentista. Son apenas un par de ejemplos, por no mencionar a otros mandantes-accionistas, como la industria farmacéutica, la petrolera o la automotriz.
Las grandes corporaciones y oligopolios que van colonizando a pasos agigantados la economía mundial (y que pese a la expansión china siguen teniendo su centro en EE.UU.) necesitan calma para seguir expandiendo su poder, apoderándose de nichos y empresas menores y conquistando mercados. Según el McKinsey Global Institute (organismo privado que estudia la economía global), 10% de los grupos que cotizan en Bolsa obtienen el 80% del beneficio económico mundial. La tendencia del momento (como refleja un extenso informe publicado por El País, de Madrid, el 30 de octubre pasado con la firma de David Fernández) no es la competencia entre compañías, sino la fagocitación de las menos poderosas por las más grandes. Peter Thiel, fundador de PayPal, escribió,  recuerda Fernández,  que “la competencia es para perdedores”. Los ganadores construyen monopolios, y los monopolios se unen en oligopolios. Ahí está el poder, no en las bravuconadas del mamarrachesco Trump.
Hay una estrecha ligazón entre poder político y corporaciones (las rencillas entre “círculos rojos” y gobiernos puntuales son anécdotas que no alteran la cuestión de fondo). El tamaño que adquieren algunos conglomerados los convierte en factores de poder ante quienes los gobiernos se postran o claudican. De hecho, muchos de estos mastodontes económicos manejan cifras que superan largamente los presupuestos y el PBI de países en los cuales actúan. Y actúan en cada vez más territorios, porque, como los dinosaurios, su tamaño les requiere espacios cada vez mayores. El límite es el planeta. Los Estados y sus gobiernos pasan a ser parte de este juego. Ni hablar de los ciudadanos. Como anotó hace un tiempo el sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman, estos van perdiendo sin prisa y sin pausa esa categoría. Son, ante todo, consumidores. Y serán, en tanto la tendencia oligopólica se acentúe, consumidores cautivos con derechos menguantes. Al votar, simplemente contribuirán a la designación del gerente de turno. No más.

Desde esta perspectiva, que el mundo se espante ante Trump es apenas un juego de distracción. Donald Trump es el nombre del gerente de turno. Los accionistas posiblemente lo disciplinarán, pero le permitirán mantener algunos de sus trucos para entretener al respetable mientras el poder se ejerce en otra parte y de otro modo.

viernes, 28 de octubre de 2016

A las armas las carga el hombre

Por Sergio Sinay

Cuando una sociedad vive sin límites, olvida el ejercicio de los valores y accede a la mano propia como método de justicia, se convierte en un ámbito de muertes anunciadas



Alguien puede matar a una persona con un martillo. Pero los martillos no están hechos para matar sino para trabajar y construir. Son herramientas. Las armas, en cambio, están hechas para matar. Pura y exclusivamente para eso.  Vale para todas las armas, incluidas las de caza, porque el cazador toma vidas, mata. De manera que donde hay un arma, la muerte ronda. No puede sorprender su presencia. Un arma cargada no solo contiene balas, contiene muerte potencial.
Raymond Chandler (1888-1959), uno de los padres fundadores de la novela negra, creador del detective Philip Marlowe y de obras maestras como El largo adiós, El sueño eterno o Adiós Muñeca, además de otras, señalaba que si un escritor pone un arma en el primer capítulo de su novela está obligado a hacer que ese arma se dispare en algún momento, así sea en la última línea. Por ello, aconsejaba, hay que pensarlo bien antes de incorporar ese instrumento mortuorio. El consejo de Chandler vale para la vida cotidiana.
En silencio, careteando (como en tantas cosas), simulando pacifismo, la sociedad argentina, por derecha y por izquierda, se ha convertido en una sociedad armada. La ONG Red Argentina para el Desarme calculó que hay un arma, legal o ilegal, cada diez habitantes. Y un informe del Ministerio de Salud de la Nación daba cuenta, a fines de 2015, de que cada día mueren ocho personas en el país por causa de armas de fuego.
En la presente semana un chico de 13 años mató a uno de los cuatro ladrones que ingresaron a su casa y amenazaban a su madre y a su hermano menor. Lo hizo con una pistola de su padre. Una de las tres armas que este dijo tener. También dijo el hombre que cuando va al polígono lleva a su hijo con él. Las variadas reflexiones, especulaciones y declaraciones que espasmódicamente, como es costumbre, se esparcieron alrededor de este episodio se centraron en la sorpresa, el espanto, el estupor y otras reacciones emocionales, pero olvidaron subrayar que el chico se criaba en un ámbito donde la posibilidad de la tragedia estaba implícita. El arma ya estaba en la casa, y a partir de ahí basta con recordar a Chandler.
El caldo en que se cultivan estas tragedias es alimentado, sin duda, por un Estado que (a través de sucesivos gobiernos) se desentendió de sus responsabilidades indelegables en materia de seguridad y justicia (también de salud, educación y demás, pero no viene a este caso). Al convertirse en una enorme caja de recaudación y manipulación para corruptos económicos y morales disfrazados de gobernantes y funcionarios, dejó a la sociedad librada a su propio albedrío. Pero también colabora, y mucho, un entramado social en el que los límites se relajaron hasta desaparecer, los valores son palabras huecas y no un ejercicio diario, los deberes no cuentan, los deseos se proclaman como derechos y cada quien ejecuta su propio código de justicia. Una sociedad en la que sobrevive el más fuerte, el más rápido, el mejor armado.
Escrito hoy, este comentario tendrá vigencia mañana y pasado también. Porque así como la sociedad argentina dice horrorizarse del espantoso episodio con el que se desayuna cada día (para felicidad de tantos medios de comunicación que viven del morbo como los vampiros viven de la sangre), también muestra una enorme capacidad de olvido instantáneo. Hasta el próximo disparo. Que, desgraciadamente, está por sonar.

viernes, 21 de octubre de 2016

Ni uno más

Por Sergio Sinay

Poner freno a la violencia física y emocional contra la mujer es responsabilidad de los hombres.




La marcha Ni una menos del miércoles deja secuelas que merecen atención. Una de ellas, las declaraciones de muchos varones (y bastantes mujeres) que proponen movilizarse contra todo tipo de violencia. Algunos lo hacen al tiempo que dicen apoyar la marcha y los reclamos. Otros, como reacción ante la protesta. Vivimos en una sociedad violenta: asesinatos, asaltos, peleas callejeras, peleas en los colegios, en los boliches, en las canchas (dentro y fuera del campo de juego), descalificaciones continuas, violencia verbal, violencia contra los animales. Abarca a todas las clases sociales, niveles culturales, profesiones, oficios y edades. Frente a esto hablar contra la violencia queda bien, es oportuno y cumple con los requisitos del pensamiento correcto.
El pensamiento correcto es peligroso. Conduce al relativismo moral y fomenta la inmovilidad. Al proponer que “todo” debe ser tomado en cuenta (ideas, culturas, ideologías, actitudes) termina por no profundizar ni detenerse en nada. Y se parece al “no te metás”. No te metás porque es otra cultura, porque no sabés, porque hay que escuchar todas las voces (¿cómo distinguirlas en el barullo?), etcétera, etcétera. Así no se priorizan necesidades ni sufrimientos, se termina en la inacción y la indiferencia cool.
Los hombres que se dicen “no machistas”, sino “antifeministas” son un ejemplo claro. Si uno de veras no es machista, no tiene por qué agregarle el antifeminsimo. Pero ocurre que simulando disparar contra el radicalismo feminista (que a menudo es la contracara exacta del machismo al convertir una parte en un todo excluyente), se suele expresar de una manera velada, soft y hasta glamorosa un agudo malestar ante el creciente protagonismo de las mujeres en áreas que les eran prohibidas, malestar ante el clamor femenino que exige acciones y se las exige en primer lugar a los hombres, malestar ante una situación que amenaza la zona de confort masculino que durante generaciones permitió a los varones poner las reglas de juego en las áreas donde se juega el destino colectivo y común: la política, los negocios, el espacio público, el sexo, la ciencia, la técnica.
El “antifeminismo no machista” termina en un machismo light, pero machismo al fin. Cuando se habla de violencia contra la mujer, se habla de un femicidio por día, de más de 300 mujeres asesinadas por hombres cada año, de chicos huérfanos, de la indiferencia estatal (sea el gobierno que fuere), de una justicia machista y cómplice, de una educación familiar que sigue transmitiendo concepciones patriarcales (aunque lo haga de manera intelectualmente elegante). Si nos proclamamos contra “la violencia de todo tipo” nos quedamos en declaraciones bienpensantes que dejan todo como está.
Empecemos por una violencia específica. Y empecemos los varones. Es un ejercicio mínimo de responsabilidad. Las mujeres no se matan entre ellas. Tampoco son suicidios. Mueren a manos de hombres. Por lo tanto, este es un problema nuestro, de los varones, y debemos ser los primeros en abordarlo y ponerle un freno. No se asusten, muchachos, la masculinidad auténtica, profunda, nutricia, fecunda, capaz de liderar con valores, de transformar el mundo para mejor, de abrir el corazón para que entren y salgan emociones fertilizantes, la fuerza masculina capaz de construir, no están en peligro por la movilización de las mujeres. Están en peligro por la pasividad de los varones ante el brutal machismo de tantos congéneres que no solo se expresa en femicidios, sino en guerras, narcotráfico, barras bravas, depredación económica, vaciamiento de la política, todas especialidades masculinas (en las que suelen filtrarse mujeres machistas, que las hay y las conocemos).
La violencia contra la mujer es contra la mujer. Punto. Acabemos con ella y vayamos luego por cada tipo de violencia, con menos palabras y declaraciones seductoras para la tribuna y más acciones concretas y anónimas en el día a día. Para esto se necesita mucha testosterona. Pero espiritual, del corazón, no de los testículos. Y hay que producirla con conductas, con actitudes. Requiere mucho coraje. Mientras ellas claman Ni una Menos, nosotros deberíamos prometernos que Ni uno más, ni un machista más ofendiendo y deshonrando a nuestro sexo con femicidios, descalificaciones a las mujeres, chistes machistas, indiferencia, maltrato laboral, publicidad sexista del peor tipo, etcétera.

Nuestra sociedad no solo es violenta. Es machista. Y, para peor, es careta. Basta. Ni un machista más haciendo de las suyas o disfrazándose de no machista.

jueves, 6 de octubre de 2016

El Estado, un bien necesario

Por Sergio Sinay

Un viejo y peligroso malentendido lleva a confundir Estado con Gobierno y a verlo como obstáculo para la libertad, cuando en verdad es el garante del bien común

   
“Yo al Estado no le tengo el menor respeto”. El pasado martes en un programa nocturno de entrevistas por cable, su conductor repetía enfáticamente esta afirmación ante la mirada curiosa de su entrevistado. Si una función (y responsabilidad) del periodismo es disipar confusiones y ayudar a entender, integrando información y opinión, las circunstancias que vivimos y los escenarios que transitamos, aquella rotunda declaración, casi un arrebato emocional, no contribuye con la misión. Con el mismo enfado y la misma ausencia de argumentos, muchos ciudadanos de a pie podrían haber espetado la misma frase. Y habrían revelado idéntico embrollo conceptual respecto del objeto de su rechazo.
Aunque ya desde las aulas, por no mencionar la tarea política o los canales informativos, se suele hacer muy poco por recordarlo y explicarlo, Estado y Gobierno no son lo mismo. Pero aun así prevalece una y otra vez la tentación de convertirlos en sinónimos. En la colectividad humana llamada país o nación (que tampoco son sinónimos) el Estado es permanente y los gobiernos son transitorios, aunque algunos se sueñen eternos. Estado es el nombre de un contrato social por el cual una comunidad se compromete a perpetuarse, convivir y proveer a sus miembros condiciones justas para que cada uno desarrolle sus potencialidades y proyectos de vida respetando el bien común. Sin ese contrato se malentiende la libertad, cada quien se dedica a imponer lo suyo a expensas de los demás y prevalece, con costos altos y trágicos, la ley del más fuerte hasta que, en su soledad final, incluso el más fuerte sucumbe.
Las instituciones del Estado, a través de las cuales este garantiza educación, salud, seguridad, justicia, normas de convivencia y un entorno de dignidad, no son abstracciones. Necesitan de quien las gestione. Ese es el gobierno. Sin las personas reales que son elegidas para conducirlo, el Estado resulta apenas una idea, un propósito que no encarna. Como todos los miembros de una comunidad no pueden gobernar al mismo tiempo, se elige a un grupo de ellos para que lo haga, en representación del colectivo y supeditado a él. Otro malentendido consiste en confundir mandatario con mandante. El mandante subordina al resto. El mandatario, en cambio, es un subordinado y debe dar cuenta de lo cumplido o incumplido. Antes que jefe es empleado.
Los gobernantes suelen confundir Estado con pertenencia personal y usan a la institución en beneficio propio o de su grupo. Los gobernados, a su vez, convierten su indignación por un mal gobierno en furia contra el Estado. Esta confusión es tan repetida como grave. Deriva en el serial incumplimiento de leyes, la transgresión de normas como modo de vida, la evasión impositiva, la depredación del espacio público, la destrucción de bienes comunes. En la creencia de que están castigando al gobierno de turno, los ciudadanos terminan por dañar así al Estado y por perjudicarse a sí mismos. El perro se muerde la cola creyendo que es de otro.
La corrupción, el autoritarismo, la imposición a menudo inmoral de intereses corporativos, entre otras causas, generaron en la segunda mitad del siglo XX, y en lo que va de este, lo que John Gray, filósofo político y acérrimo crítico del capitalismo, del comunismo y de otros fundamentalismos, señala en Contra el progreso y otras ilusiones, como un derrumbe generalizado del Estado en todo el mundo. “El resultado es que miles de millones de personas carecen de condiciones de vida dignas”, apunta Gray. Y sostiene, contra los dogmas de cierto liberalismo mal masticado y peor digerido, que no se trata de eliminar el Estado o reducirlo a una ridícula expresión, sino de devolverle su esencia, su función y su misión en la vida de las sociedades.

Se le puede perder el respeto a un gobierno que incumplió sus mandatos, que traicionó y humilló a sus mandantes, que degradó los lazos y los cimientos comunitarios y que no honró sus compromisos. Pero perderle el respeto al Estado suena a berrinche infantil y a una peligrosa invocación de la anomia, del anarquismo más destructivo y del tribalismo más primitivo y depredador.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Leer, la gran experiencia humana

Por Sergio Sinay

Siempre se puede seguir aprendiendo el maravilloso arte de leer, y así lo demuestra un ensayo lúcido, ameno y riguroso de Terry Eagleton




Terry Eagleton comienza su ensayo Cómo leer literatura con la advertencia de que es imposible acercarse estética, política o teóricamente a un texto literario si no se tiene un cierto grado de sensibilidad hacia el lenguaje. Lo que sigue son 200 páginas deslumbrantes, motivadoras, inteligentes, agudas y sabias que revelan un compromiso profundo con el arte de leer y también con el de escribir. Miembro de la Academia Británica, Eagleton fue profesor en las universidades de Oxford y Manchester y es reconocido hoy como un riguroso y radical crítico cultural, cuyas áreas de estudio y expresión incluyen la literatura, la política, la filosofía e incluso el psicoanálisis. Cuestionador del posmodernismo, es dueño de un estilo incisivo, un lenguaje preciso y una ironía letal, la cual aplica aún en los temas más serios y profundos.
Entre más de una treintena de sus obras, siempre lúcidas, importa destacar Una teoría literaria, La idea de la cultura (una mirada política sobre los conflictos culturales), La novela inglesa (una introducción), El sentido de la vida, y la reciente Esperanza sin optimismo, un brillante desmantelamiento del optimismo irresponsable y una incursión profunda en los aspectos filosóficos, espirituales y teológicos de la esperanza. La cita de estos pocos antecedentes deja en claro, eso espero, que Cómo leer literatura no es la obra de un improvisado ni de un neófito. Y se nota.
Al proporcionar herramientas para el estudio y la comprensión de la estructura, el estilo y los significados de una obra literaria, Eagleton deja en claro sus gustos y disgustos en el tema, y su vasto universo de lecturas. Jane Austen, Thomas Hardy, Evelyn Waugh, Charles Dickens, George Orwell, Shakespeare son algunos de los autores que lo entusiasman, y ese entusiasmo se transmite a sus lectores (al menos a este), que, aun cuando los hayan leído, encontraran nuevos abordajes de esos escritos. Y cuando desecha a un autor o una obra, no solo despliega fundamentos sólidos, sino un acerado e inconfundible sarcasmo británico.

Aun para quien tenga muchas horas y muchas páginas de lectura encima, este ensayo es una bienvenida y estimulante oportunidad de reaprender el ejercicio de leer. Se siente el deseo de volver sobre ciertos textos para redescubrirlos, y al mismo tiempo la ansiedad de ir en busca de nuevas obras para entrar en ellas con elementos hasta ahora desconocidos. Eso en el caso de cualquiera que lee para disfrutar de una de las más ricas y hermosas experiencias humanas. Y si, además, quien se acerca a estas páginas tiene también la profesión, la inquietud o el hábito de escribir, encontrará en la obra de Eagleton un precioso yacimiento de recursos para trabajar sus propios textos desde perspectivas originales. Por donde se lo tome, Cómo leer literatura es uno de esos libros que se agradecen para siempre, que dejan huella. Eagleton estudia comienzos de diferentes obras, personajes, estilos, desmenuza el modernismo, el posmodernismo, el romanticismo, da una clase magistral de interpretación de textos y otra acerca de cómo se valora una obra. En cada página se respira su amor por el lenguaje, no como mero hecho estético sino como experiencia existencial. Solo los humanos leemos y escribimos, solo los humanos hemos creado un lenguaje. Cuando leemos, no lo hacemos únicamente con los ojos, sino con el cuerpo, con nuestra historia, con nuestros sentimientos. Para un lector presente con todo su ser, en cada página se inaugura, en cierto modo, un nuevo capítulo de su vida. Terry Eagleton, pensador comprometido y activo, explica por qué y después de acceder a este ensayo, ya nunca leeremos igual. Leeremos mejor.

domingo, 14 de agosto de 2016

Una tarea para hombres

Por Sergio Sinay

Las aberrantes declaraciones de Gustavo Cordera sobre las mujeres no deben ser usadas como un árbol que oculte el oscuro bosque de un machismo cuya extinción es tarea masculina.




Al diagnosticar la histeria y recetar la violación como tratamiento para su curación el músico Gustavo Cordera fue desprotegido por su superyó que quizás se había tomado el día franco. Según lo definió Sigmund Freud, el superyó es la función de la psiquis que activa los preceptos morales, impone normas, reglas, conductas y mandatos socialmente aceptables y bloquea y redirige los impulsos instintivos e inconscientes del ello. Es decir, nos hace callar a tiempo, no decir inconveniencias, adaptarnos al contexto social, no actuar como bestias salvajes. Desactivado ese termostato, Cordera (para quien muchas mujeres sexualmente inhibidas acceden al placer cuando la violación las libera de culpa y responsabilidad), quedó ante un pelotón de fusilamiento social que no tardó en ejecutarlo. El pelotón incluyó a funcionarios, diversas instituciones y organizaciones, el Inadi (instituto Nacional contra La Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), la emisora Rock & Pop, los organizadores de varios de sus shows (cancelados de plano) e incluso el presidente de la Nación, además, como no podía faltar, de las redes sociales.
Las líneas que siguen no son una exculpación de Cordera, que se ganó un bien merecido repudio y una igualmente meritoria condena al ostracismo, sino una invitación a pensar sin caretas. El ex solista de La Bersuit (banda rockera a la que perteneció entre 1988, cuando fue fundada, y 2009) no dijo nada que cientos y miles de varones no piensen y digan en reuniones de vestuario, oficina, after hours, boliches, cafés, talleres, consultorios, tribunas, despedidas de soltero, programas de radio y TV que funcionan  como clubes de amigos machistas, y tantos otros espacios de interacción masculina. No dijo nada novedoso respecto de tanto chiste machista en circulación o que los sitios porno (millones de veces visitados incluso por muchos que niegan conocerlos) no muestren en imágenes explícitas hasta el aburrimiento.
Cordera no es el creador de su elemental y grosera teoría. Apenas resultó el vocero de una creencia extendida y, lamentablemente, muchas veces convertido en acto brutal. Sinceró sin metáfora un pensamiento que, como tantas otras aberraciones, el machismo instaló a través de generaciones en el inconsciente colectivo masculino. Y se ofreció torpemente como chivo expiatorio para que, al quemarlo en la hoguera, el colectivo del cual como varón él forma parte oculte sus propias miserias. Es típico de la hipocresía social que padecemos encontrar cada tanto un culpable que permita deshacerse de responsabilidades propias (ocurre en todos los ámbitos y a todo nivel social, económico y cultural).
Hace un par de semanas el educador, capacitador, activista social y ensayista estadounidense Jackson Katz  expresaba en la revista Noticias (Nº  2066, 30 de julio de 2016), una idea inapelable. La violencia masculina sobre las mujeres, afirmaba Katz, no es un problema de ellas y no son quienes deben abordarlo. Es un problema de los hombres y es deber de estos encararlo y ponerle fin. Y para que nadie se haga el distraído agregaba que el hecho de no ser violento con su mujer, sus hijas u otras mujeres y de no haber violado jamás a alguna, no es razón para un hombre piense que puede desentenderse de la cuestión.
La propuesta de Katz está brillantemente expuesta en una charla Ted (https://www.ted.com/talks/jackson_katz_violence_against_women_it_s_a_men_s_issue/transcript?language=es) y en sus libros The macho paradox y Man enough? (en el que, a partir de Donald Trump, estudia el machismo en política). Y no es solo un teórico. Fundó en 1993 el Mentors in Violence Prevention (MVP), programa de prevención de la violencia que, desde entonces, aplica en colegios, universidades, instituciones deportivas y sociales y también en el ejército estadounidense.
Así, no es tarea de ningún varón “curar” la histeria femenina con el método Cordera, a menos que no sean muchas mujeres las que necesitan ser violadas sino muchos varones los que necesitan violar. Pero sí es cosa de hombres afrontar, detener y resolver la violencia machista tanto en pensamiento como en acto. Y para eso es necesaria mucha testosterona espiritual. No se trata de hacerse feminista (eso es cuestión de mujeres), sino de hacerse hombre, que no es sinónimo de macho. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

La empatía como virtud política

Por Sergio Sinay

Un gobernante que no camina con los zapatos del prójimo es apenas un mal actor.




La capacidad de reconocer las emociones de los demás está comprendida dentro de una  de las inteligencias múltiples (la interpersonal) que, de acuerdo con Howard Gardner (neuropsicólogo, investigador de Harvard) podemos desarrollar los seres humanos. Desde este enfoque enriquecedor (bajo cuya luz la inteligencia ya no es un bloque rígido y unitario) Daniel Goleman desarrolló luego el concepto de inteligencia emocional. En todos los casos la inteligencia es la aptitud que demostramos para aplicar en respuesta a las situaciones que la vida nos plantea las  herramientas cognitivas y emocionales de las que venimos dotados. Más las que adquirimos. Y se desarrolla con entrenamiento, con estímulo, con referencias y guías, en interacciones personales donde el otro es visto como un semejante y no como un objeto. No hay inteligencia emocional donde no hay registro del otro y donde no se capta la necesidad de él para nuestra propia existencia.
Empatía se llama, justamente, la capacidad de reconocer las emociones ajenas, de comprenderlas, de compartirlas y de acompañarlas. Esta no es una capacidad innata o genética. Requiere una previa experiencia en el conocimiento del propio mundo emocional, cosa que no siempre es fácil y agradable, y en la exploración, aceptación y transformación de ese mundo. Este no es un ejercicio intelectual. Se trata de una inmersión profunda, con un importante componente intuitivo, es un viaje que a menudo no tiene mapas previos, estos se dibujan mientras se avanza.
Quien desarrolla la empatía deja de ver a los otros como siluetas, como instrumentos para sus fines, como obstáculos a apartar o como objetos descartables. Cuando una tragedia golpea a una sociedad o cuando esta atraviesa momentos difíciles como cuerpo colectivo, la empatía de sus dirigentes es un atributo esencial, cuyo ejercicio fortalece, aún medio del dolor, los lazos comunes, la noción de pertenencia, la identidad compartida. No se trata de saltar de inmediato al ruedo a prometer soluciones o vendettas casi bíblicas (que acaso cueste cumplir). Eso tiene más de oportunismo que de otra cosa. Lo primero es conectar con el dolor ajeno desde el propio y tejer así una red de sostén ante el tremendo impacto inicial. Y no es este un ejercicio en el que políticos y gobernantes se comprometan con la persistencia, el compromiso y la sinceridad que resultan esenciales. La empatía no se declara, se siente y se actúa. Por eso, cuando queda solo en palabras su falsedad se evidencia rápidamente.
Quien se dedica a la política sin este atributo no la honrará, estará cada vez más lejos de la humanidad de sus representados, más propenso a desentenderse de sus dolores y necesidades verdaderas y a hacer de esos gobernados meros factores funcionales a sus intereses personales y/o privados.
Cada país carga con sus propios logros y sus propios dramas y tragedias. En los Estados Unidos los crímenes seriales son un síntoma ineludible, que mientras más se tarde en atender (en tanto los grupos armamentistas sean intocables, se facilitará la repetición del síntoma) más tragedias causarán. La Argentina tiene su propio talón de Aquiles. Una vez se llama Cromagnon, otra vez es el tren de Once, cada día son tragedias en rutas intransitables, que ni se mantienen, ni se mejoran ni se amplían, al punto que al final de cada año se cuentan tantas bajas como en una larga e interminable guerra. También hay trágicos derrumbes, perfectamente evitables, que la corrupción ha hecho posibles. Y hospitales carenciados que no ofrecen respuesta al dolor. Y si bien no hay asesinatos colectivos, la inseguridad sin freno provoca un goteo cotidiano de crímenes que deja su propio reguero de dolor, de familias destruidas, de vidas que no cumplirán sus proyectos y sus ciclos.
Frente a esto, y a tantas fuentes de sufrimiento, no hay empatía, salvo, claro está, la de familiares, vecinos, seres queridos y cercanos. A veces, de manera tardía y patética, aparece una puesta en escena mediante la cual un gobernante intenta convencer de que sufre dolores ajenos. Pero son malos actores. Y esto es independiente de quien gobierne. La verdadera política versa sobre la literal y real preocupación por los temas de la polis, de la comunidad. Sus dolores, sus necesidades verdaderas, sus esperanzas. Por supuesto, la empatía no cambia realidades, pero ayuda mucho a transitarlas, porque lo más valioso que tenemos las personas son las otras personas. Siempre y cuando las reconozcamos como tales.

La empatía no se compra, no se adquiere de la noche a la mañana y no existe sola. Sin ella la generosidad, al altruismo, la solidaridad son apenas declaraciones de ocasión. Quienes creen que la tragedia de otros es merecida y la justifican con rústicos argumentos ideológicos harían bien en preguntarse por su propia empatía, en pensarse como hijos, como hermanos, como padres, como amigos. Como humanos. La empatía requiere caminar al menos cien metros con los zapatos del otro. Un requisito que ninguna Constitución fija, pero que todo gobernante debería cumplir.