miércoles, 14 de septiembre de 2016

Leer, la gran experiencia humana

Por Sergio Sinay

Siempre se puede seguir aprendiendo el maravilloso arte de leer, y así lo demuestra un ensayo lúcido, ameno y riguroso de Terry Eagleton




Terry Eagleton comienza su ensayo Cómo leer literatura con la advertencia de que es imposible acercarse estética, política o teóricamente a un texto literario si no se tiene un cierto grado de sensibilidad hacia el lenguaje. Lo que sigue son 200 páginas deslumbrantes, motivadoras, inteligentes, agudas y sabias que revelan un compromiso profundo con el arte de leer y también con el de escribir. Miembro de la Academia Británica, Eagleton fue profesor en las universidades de Oxford y Manchester y es reconocido hoy como un riguroso y radical crítico cultural, cuyas áreas de estudio y expresión incluyen la literatura, la política, la filosofía e incluso el psicoanálisis. Cuestionador del posmodernismo, es dueño de un estilo incisivo, un lenguaje preciso y una ironía letal, la cual aplica aún en los temas más serios y profundos.
Entre más de una treintena de sus obras, siempre lúcidas, importa destacar Una teoría literaria, La idea de la cultura (una mirada política sobre los conflictos culturales), La novela inglesa (una introducción), El sentido de la vida, y la reciente Esperanza sin optimismo, un brillante desmantelamiento del optimismo irresponsable y una incursión profunda en los aspectos filosóficos, espirituales y teológicos de la esperanza. La cita de estos pocos antecedentes deja en claro, eso espero, que Cómo leer literatura no es la obra de un improvisado ni de un neófito. Y se nota.
Al proporcionar herramientas para el estudio y la comprensión de la estructura, el estilo y los significados de una obra literaria, Eagleton deja en claro sus gustos y disgustos en el tema, y su vasto universo de lecturas. Jane Austen, Thomas Hardy, Evelyn Waugh, Charles Dickens, George Orwell, Shakespeare son algunos de los autores que lo entusiasman, y ese entusiasmo se transmite a sus lectores (al menos a este), que, aun cuando los hayan leído, encontraran nuevos abordajes de esos escritos. Y cuando desecha a un autor o una obra, no solo despliega fundamentos sólidos, sino un acerado e inconfundible sarcasmo británico.

Aun para quien tenga muchas horas y muchas páginas de lectura encima, este ensayo es una bienvenida y estimulante oportunidad de reaprender el ejercicio de leer. Se siente el deseo de volver sobre ciertos textos para redescubrirlos, y al mismo tiempo la ansiedad de ir en busca de nuevas obras para entrar en ellas con elementos hasta ahora desconocidos. Eso en el caso de cualquiera que lee para disfrutar de una de las más ricas y hermosas experiencias humanas. Y si, además, quien se acerca a estas páginas tiene también la profesión, la inquietud o el hábito de escribir, encontrará en la obra de Eagleton un precioso yacimiento de recursos para trabajar sus propios textos desde perspectivas originales. Por donde se lo tome, Cómo leer literatura es uno de esos libros que se agradecen para siempre, que dejan huella. Eagleton estudia comienzos de diferentes obras, personajes, estilos, desmenuza el modernismo, el posmodernismo, el romanticismo, da una clase magistral de interpretación de textos y otra acerca de cómo se valora una obra. En cada página se respira su amor por el lenguaje, no como mero hecho estético sino como experiencia existencial. Solo los humanos leemos y escribimos, solo los humanos hemos creado un lenguaje. Cuando leemos, no lo hacemos únicamente con los ojos, sino con el cuerpo, con nuestra historia, con nuestros sentimientos. Para un lector presente con todo su ser, en cada página se inaugura, en cierto modo, un nuevo capítulo de su vida. Terry Eagleton, pensador comprometido y activo, explica por qué y después de acceder a este ensayo, ya nunca leeremos igual. Leeremos mejor.

domingo, 14 de agosto de 2016

Una tarea para hombres

Por Sergio Sinay

Las aberrantes declaraciones de Gustavo Cordera sobre las mujeres no deben ser usadas como un árbol que oculte el oscuro bosque de un machismo cuya extinción es tarea masculina.




Al diagnosticar la histeria y recetar la violación como tratamiento para su curación el músico Gustavo Cordera fue desprotegido por su superyó que quizás se había tomado el día franco. Según lo definió Sigmund Freud, el superyó es la función de la psiquis que activa los preceptos morales, impone normas, reglas, conductas y mandatos socialmente aceptables y bloquea y redirige los impulsos instintivos e inconscientes del ello. Es decir, nos hace callar a tiempo, no decir inconveniencias, adaptarnos al contexto social, no actuar como bestias salvajes. Desactivado ese termostato, Cordera (para quien muchas mujeres sexualmente inhibidas acceden al placer cuando la violación las libera de culpa y responsabilidad), quedó ante un pelotón de fusilamiento social que no tardó en ejecutarlo. El pelotón incluyó a funcionarios, diversas instituciones y organizaciones, el Inadi (instituto Nacional contra La Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), la emisora Rock & Pop, los organizadores de varios de sus shows (cancelados de plano) e incluso el presidente de la Nación, además, como no podía faltar, de las redes sociales.
Las líneas que siguen no son una exculpación de Cordera, que se ganó un bien merecido repudio y una igualmente meritoria condena al ostracismo, sino una invitación a pensar sin caretas. El ex solista de La Bersuit (banda rockera a la que perteneció entre 1988, cuando fue fundada, y 2009) no dijo nada que cientos y miles de varones no piensen y digan en reuniones de vestuario, oficina, after hours, boliches, cafés, talleres, consultorios, tribunas, despedidas de soltero, programas de radio y TV que funcionan  como clubes de amigos machistas, y tantos otros espacios de interacción masculina. No dijo nada novedoso respecto de tanto chiste machista en circulación o que los sitios porno (millones de veces visitados incluso por muchos que niegan conocerlos) no muestren en imágenes explícitas hasta el aburrimiento.
Cordera no es el creador de su elemental y grosera teoría. Apenas resultó el vocero de una creencia extendida y, lamentablemente, muchas veces convertido en acto brutal. Sinceró sin metáfora un pensamiento que, como tantas otras aberraciones, el machismo instaló a través de generaciones en el inconsciente colectivo masculino. Y se ofreció torpemente como chivo expiatorio para que, al quemarlo en la hoguera, el colectivo del cual como varón él forma parte oculte sus propias miserias. Es típico de la hipocresía social que padecemos encontrar cada tanto un culpable que permita deshacerse de responsabilidades propias (ocurre en todos los ámbitos y a todo nivel social, económico y cultural).
Hace un par de semanas el educador, capacitador, activista social y ensayista estadounidense Jackson Katz  expresaba en la revista Noticias (Nº  2066, 30 de julio de 2016), una idea inapelable. La violencia masculina sobre las mujeres, afirmaba Katz, no es un problema de ellas y no son quienes deben abordarlo. Es un problema de los hombres y es deber de estos encararlo y ponerle fin. Y para que nadie se haga el distraído agregaba que el hecho de no ser violento con su mujer, sus hijas u otras mujeres y de no haber violado jamás a alguna, no es razón para un hombre piense que puede desentenderse de la cuestión.
La propuesta de Katz está brillantemente expuesta en una charla Ted (https://www.ted.com/talks/jackson_katz_violence_against_women_it_s_a_men_s_issue/transcript?language=es) y en sus libros The macho paradox y Man enough? (en el que, a partir de Donald Trump, estudia el machismo en política). Y no es solo un teórico. Fundó en 1993 el Mentors in Violence Prevention (MVP), programa de prevención de la violencia que, desde entonces, aplica en colegios, universidades, instituciones deportivas y sociales y también en el ejército estadounidense.
Así, no es tarea de ningún varón “curar” la histeria femenina con el método Cordera, a menos que no sean muchas mujeres las que necesitan ser violadas sino muchos varones los que necesitan violar. Pero sí es cosa de hombres afrontar, detener y resolver la violencia machista tanto en pensamiento como en acto. Y para eso es necesaria mucha testosterona espiritual. No se trata de hacerse feminista (eso es cuestión de mujeres), sino de hacerse hombre, que no es sinónimo de macho. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

La empatía como virtud política

Por Sergio Sinay

Un gobernante que no camina con los zapatos del prójimo es apenas un mal actor.




La capacidad de reconocer las emociones de los demás está comprendida dentro de una  de las inteligencias múltiples (la interpersonal) que, de acuerdo con Howard Gardner (neuropsicólogo, investigador de Harvard) podemos desarrollar los seres humanos. Desde este enfoque enriquecedor (bajo cuya luz la inteligencia ya no es un bloque rígido y unitario) Daniel Goleman desarrolló luego el concepto de inteligencia emocional. En todos los casos la inteligencia es la aptitud que demostramos para aplicar en respuesta a las situaciones que la vida nos plantea las  herramientas cognitivas y emocionales de las que venimos dotados. Más las que adquirimos. Y se desarrolla con entrenamiento, con estímulo, con referencias y guías, en interacciones personales donde el otro es visto como un semejante y no como un objeto. No hay inteligencia emocional donde no hay registro del otro y donde no se capta la necesidad de él para nuestra propia existencia.
Empatía se llama, justamente, la capacidad de reconocer las emociones ajenas, de comprenderlas, de compartirlas y de acompañarlas. Esta no es una capacidad innata o genética. Requiere una previa experiencia en el conocimiento del propio mundo emocional, cosa que no siempre es fácil y agradable, y en la exploración, aceptación y transformación de ese mundo. Este no es un ejercicio intelectual. Se trata de una inmersión profunda, con un importante componente intuitivo, es un viaje que a menudo no tiene mapas previos, estos se dibujan mientras se avanza.
Quien desarrolla la empatía deja de ver a los otros como siluetas, como instrumentos para sus fines, como obstáculos a apartar o como objetos descartables. Cuando una tragedia golpea a una sociedad o cuando esta atraviesa momentos difíciles como cuerpo colectivo, la empatía de sus dirigentes es un atributo esencial, cuyo ejercicio fortalece, aún medio del dolor, los lazos comunes, la noción de pertenencia, la identidad compartida. No se trata de saltar de inmediato al ruedo a prometer soluciones o vendettas casi bíblicas (que acaso cueste cumplir). Eso tiene más de oportunismo que de otra cosa. Lo primero es conectar con el dolor ajeno desde el propio y tejer así una red de sostén ante el tremendo impacto inicial. Y no es este un ejercicio en el que políticos y gobernantes se comprometan con la persistencia, el compromiso y la sinceridad que resultan esenciales. La empatía no se declara, se siente y se actúa. Por eso, cuando queda solo en palabras su falsedad se evidencia rápidamente.
Quien se dedica a la política sin este atributo no la honrará, estará cada vez más lejos de la humanidad de sus representados, más propenso a desentenderse de sus dolores y necesidades verdaderas y a hacer de esos gobernados meros factores funcionales a sus intereses personales y/o privados.
Cada país carga con sus propios logros y sus propios dramas y tragedias. En los Estados Unidos los crímenes seriales son un síntoma ineludible, que mientras más se tarde en atender (en tanto los grupos armamentistas sean intocables, se facilitará la repetición del síntoma) más tragedias causarán. La Argentina tiene su propio talón de Aquiles. Una vez se llama Cromagnon, otra vez es el tren de Once, cada día son tragedias en rutas intransitables, que ni se mantienen, ni se mejoran ni se amplían, al punto que al final de cada año se cuentan tantas bajas como en una larga e interminable guerra. También hay trágicos derrumbes, perfectamente evitables, que la corrupción ha hecho posibles. Y hospitales carenciados que no ofrecen respuesta al dolor. Y si bien no hay asesinatos colectivos, la inseguridad sin freno provoca un goteo cotidiano de crímenes que deja su propio reguero de dolor, de familias destruidas, de vidas que no cumplirán sus proyectos y sus ciclos.
Frente a esto, y a tantas fuentes de sufrimiento, no hay empatía, salvo, claro está, la de familiares, vecinos, seres queridos y cercanos. A veces, de manera tardía y patética, aparece una puesta en escena mediante la cual un gobernante intenta convencer de que sufre dolores ajenos. Pero son malos actores. Y esto es independiente de quien gobierne. La verdadera política versa sobre la literal y real preocupación por los temas de la polis, de la comunidad. Sus dolores, sus necesidades verdaderas, sus esperanzas. Por supuesto, la empatía no cambia realidades, pero ayuda mucho a transitarlas, porque lo más valioso que tenemos las personas son las otras personas. Siempre y cuando las reconozcamos como tales.

La empatía no se compra, no se adquiere de la noche a la mañana y no existe sola. Sin ella la generosidad, al altruismo, la solidaridad son apenas declaraciones de ocasión. Quienes creen que la tragedia de otros es merecida y la justifican con rústicos argumentos ideológicos harían bien en preguntarse por su propia empatía, en pensarse como hijos, como hermanos, como padres, como amigos. Como humanos. La empatía requiere caminar al menos cien metros con los zapatos del otro. Un requisito que ninguna Constitución fija, pero que todo gobernante debería cumplir.

jueves, 28 de julio de 2016

Ignorancia sin memoria

Por Sergio Sinay



“Los que nos denunciaron pertenecen a un mundo que se está despidiendo”, afirmó uno de los encargados de aprobar la resolución 166-E/2016. Esto cuenta La Nación respecto de las reacciones provocadas por la decisión del gobierno de usar la base de datos de la ANSES sin aprobación de los afectados y con fines discutibles e incontrolables para los integrantes de esa base.
La declaración de ese funcionario (cuyo nombre inexplicablemente se omite) va más allá de la política. Es un ejercicio de arrogancia típico de quienes creen que el mundo empezó con ellos, que no tienen nada que agradecer a generaciones anteriores, que nadie tendió la mesa a la que se sientan ni nadie preparó los alimentos que ingieren. Un acto de ignorancia típico de tecno eufóricos adictos a tecnologías menos revolucionarias y más superficiales de lo que creen (revoluciones tecnológicas y científicas que de verdad modificaron el mundo fueron la máquina de vapor, el tren, el teléfono, el avión, el automóvil, los antibióticos, la penicilina, la anestesia, la imprenta, la fotografía, el cine, la rueda, el cero, por nombrar apenas algunas de todas las que olvidan y que son, en su totalidad, anteriores a la computadora, a Internet y a los celulares “inteligentes”, de modo que nacieron prescindiendo de ellos).
Si no fuera por ese mundo “que se está despidiendo” ellos no estarían aquí y sus juguetes no funcionarían. Gracias a Thomas Alva Edison, Luigi Galvani o Nikola Tesla, entre otros, existe, por ejemplo, la electricidad con la que funcionan los artefactos que los entusiasman y les hacen perder la memoria, olvidar la historia y faltar el respeto a las generaciones que los precedieron.
Quienes pretenden inventar árboles sin raíces, nunca entenderán por qué los voltea el primer viento fuerte. Nunca es buena la mezcla de ignorancia, soberbia y poder.

miércoles, 27 de julio de 2016

¿Y dónde está el piloto?

Por Sergio Sinay

Siete meses no alcanzan para arreglar un país devastado por la corrupción, pero sí para mostrar inquietantes banalidades que ponen dudas sobre rumbo, prioridades y valores.


  
En verdad siete meses es un plazo demasiado breve para remediar un pavoroso latrocinio de doce años en el que la impunidad y la corrupción fueron la ley de cada día. Sólo desde un pensamiento mágico e infantil (que prevalece en esta sociedad) o desde la mala fe (otro producto que abunda) se puede pedir la transformación inmediata del infierno en paraíso.
Pero hay cosas que no tienen que ver con el corto tiempo que el gobierno lleva en funciones. Y son graves. Que el presidente distraiga su tiempo en un encuentro con Marcelo Tinelli creyendo que hay que halagar a un showman que siempre se mostró oportunista y ventajero, y lo haga en la creencia de que el humor bizarro de este showman lleva a ganar o perder elecciones, es grave. Indica la pobrísima calidad de nuestra democracia, la superficialidad del pensamiento de quienes la conducen y su riesgosa tendencia a la improvisación lisa y llana. Curiosamente, también algunos fundamentalistas creen que la sátira y la realidad son la misma cosa y arrasan con la sátira por cualquier medio. Pero si se cree de veras que un programa de televisión determina el humor social, y no al revés, da para pensar que sólo se entendieron los mecanismos externos de la democracia y que tampoco se confía mucho en ellos. Ningún estadista serio, con una mínima formación intelectual y una visión trascendente de su cargo y de su función, malgastaría un segundo del tiempo que le debe a la sociedad y a sus problemas para arreglar un entuerto de cuarta categoría con un gurú de la televisión chatarra. La reunión Macri-Tinelli es preocupante porque resulta un indicio de navegación a la deriva, de golpes de timón impulsados por los aspectos más groseros de la coyuntura antes que por la certeza de un rumbo. Llevan a preguntarse dónde está el piloto.
Y también es grave que, con espíritu adolescente (por decir lo menos) y techie, desde el gobierno se decida jugar irresponsablemente con la base de datos de la ANSES. Ninguna entre los millones de personas que proveyeron sus datos con el fin de recibir los beneficios jubilatorios que se merecen, por los cuales trabajaron y que se les siguen postergando más allá de discursos oportunistas, entregó esos datos para que un equipo de fanáticos de las redes sociales y de Internet se apropie de ellos para un uso espurio, a pesar de que se pretenda explicar otra cosa. Esos datos son privados y el uso propagandístico (las cosas por su nombre) que se les pretende dar significa lisa y llanamente una violación de lo más sagrado de cualquier persona: su intimidad.
A esta altura de su desarrollo ya se sabe que las Tecnologías de Conexión provocan peligrosas adicciones, empobrecen los vínculos reales, facilitan delitos, alientan relaciones peligrosas, acosos y otras disfunciones. No es bueno que un gobierno, en nombre de una presunta “modernidad” light, cuente en sus filas con ese tipo de adictos y les facilite prácticas que pueden derivar en peligrosas manipulaciones masivas. Parar a tiempo con la euforia tecnológica y dedicar mejores esfuerzos a un tratamiento sólido y profundo de los serios problemas de la sociedad no sería una mala idea. Y siete meses bastan para eso.
Doce años de corrupción salvaje y criminal dejaron devastada y atónita a una sociedad que, en buena parte de sus integrantes, fue cómplice. Reparar la economía no será fácil (y menos si se lo encara con un optimismo pueril). Pero a pesar de lo que digan los tecnócratas y mercadócratas, no es la economía lo principal. Antes está, siempre, la política. De ella depende orientar la economía hacia el bien común. Y antes aún está la moral, sin la cual la política se convierte en puro, simple (y a veces sangriento) delito. Lo explica con toda claridad el filósofo André Comte-Sponville en El capitalismo, ¿es moral?
Es precisamente por ese ordenamiento de las prioridades que banalidades como el encuentro del presidente y el showman y la apropiación de una base de datos para fines propagandísticos adquieren una dimensión inquietante. Son síntomas que indican ausencia de visión, mirada corta, oportunismo, principios confusos. Pobre equipaje para un viaje que promete ser largo y dificultoso.

viernes, 15 de julio de 2016

Esclavos autoconvocados

Por Sergio Sinay

La esclavitud glamorosa es una de las grandes victorias del capitalismo sobre la dignidad humana.


 En noviembre de 1884, hubo en Chicago un congreso de la Federación Americana del Trabajo (American Labor Federation). Se decidió allí pedir al gobierno que, a partir del 1º de mayo de 1886, se aplicara la jornada laboral de ocho horas. Hasta entonces esa jornada no tenía límites. Y también se pidió por los días de descanso. Si la petición se denegaba habría huelgas, según advirtió la Federación. El gobierno del presidente Andrew Johnson promulgó la ley que, sin embargo, no fue acatada por las patronales. El 1º de mayo de 1886 hubo paros y manifestaciones. A partir del 3 de ese mes se desató una brutal represión policial tomando como excusa un falso atentado con bombas perfectamente armado por las fuerzas del “orden”. Hubo ocho trabajadores muertos y otros ocho detenidos como presuntos cabecillas de las protestas. Dos ni siquiera habían estado en los actos. Sometidos a juicio sumario y arbitrario, acusados de ser parte de una conspiración internacional, dos de ellos fueron condenados a cadena perpetua, otros dos a 15 años de trabajos forzados y los cuatro restantes a la horca. A todos ellos se los conoce desde entonces como los Mártires de Chicago.
Lejos de terminar, allí empezó la cuestión. La Reunión Obrera Internacional, convocada poco después en París, y encabezada por socialistas y anarquistas de todo el mundo, tomó la fecha del 1º de mayo de 1890 como inicio de una serie de manifestaciones simultáneas en todo el planeta, en las que se exigiría a todos los gobiernos la proclamación de una ley que redujera a ocho horas de trabajo la jornada laboral, así como otras demandas relativas a la humanización del trabajo, que seguía siendo esclavo más allá de las bonitas proclamas contra la esclavitud.

Memoria perdida
En un mundo sin memoria, dedicado a lo inmediato, abrazado a lo fugaz y superficial, hoy se toma el 1º de mayo como fecha festiva y para la mayoría de las personas es, simplemente, “un feriado más”, de cuyo motivo no tienen ni idea. Las propias organizaciones gremiales (lideradas por gordos corruptos y ricachones) se encargan de ocultar y ningunear esa dolorosa historia.
Como tantas veces, el capitalismo impone su cara más dura aunque la maquille tras espejos de colores (el “capitalismo de rostro humano”, del que suele hablarse, es un oxímoron) y así tenemos que trabajadores de las grandes cadenas de supermercados de la provincia de Santa Fe piden esta semana que se derogue la ley por el cual gobierno de ese Estado prohibió que los grandes centros comerciales abran los domingos, para preservar así el derecho al descanso y a una semana laboral salubre. El Sindicato de Empleados de Comercio (una corporación empresarial en sí mismo) y la Asociación de Supermercados aparecen aliados en la rebelión contra esta ley, y en su desacato. Ya no hace falta la represión policial de aquellos años. Quienes más deberían defender su derecho humano al descanso y a un trabajo en condiciones dignas se llevan a sí mismos de la correa hacia la noria. Esta es apenas una de las formas de esclavitud cool y glamorosa que hoy borra la memoria de aquellos mártires. Hay otras, aún más sofisticadas, como el trabajo on-line, que sus cultores exhiben como un acceso a la libertad cuando es en verdad una modernísima forma de servidumbre: trabajo en casa, sí, o en un bar, sí, o en la playa, sí, pero sin horarios, a despecho de los propios vínculos y de la propia salud, sobre todo mental. Pero muy tecno.
Hace ciento treinta años hubo quienes murieron por defender su dignidad en el trabajo. Pedían menos esclavitud. Hoy se pide más. Amaestrados, quienes hacen ese pedido se exhiben como perfectos ejemplos del Síndrome de Estocolmo. El prisionero enamorado del carcelero. Y sin necesidad de látigos.

lunes, 27 de junio de 2016

Dios no patea penales

Por Sergio Sinay

Un penal errado es más que una final perdida.



Messi erró un penal y se convirtió inmediatamente, al menos para sí mismo, en la causa de la derrota de la selección argentina en la final de la Copa América. Pero abundan otras razones:
1) La ausencia de un equipo. La suma de nombres, aunque se trate de estrellas (algunas supuestas) en varias ligas del mundo, no hace un equipo. Un equipo es un organismo en el que cada pieza cumple una función definida en coordinación con otras, sin superposiciones y trabajando para un mismo fin. Nuestro cuerpo es un equipo. Si todos los órganos dejaran lo suyo en manos de uno solo (corazón, cerebro, etcétera) no tardaríamos en perecer. Hace años que los órganos de la selección argentina actúan de ese modo disfuncional, incluyendo a jugadores, técnicos y dirigentes.
2)  La ausencia de una identidad y un plan de juego. Al depender del órgano providencial y salvador, se prescinde de cualquier estrategia, se deja librado todo a la inspiración de ese salvador, se olvidan los factores aleatorios, no existe un plan B y cuando se descubre que el ser providencial es humano y falible, ya es tarde. Pasa en el país.
3)  La ausencia de liderazgo. Salvo las actitudes de Mascherano (ya agotado e impotente), ese conjunto de individualidades (que brillan más por televisión y a lo lejos que en la cancha y de cerca) carece de liderazgo. Es decir orientación, conducción integradora, brújula, guía en la adversidad. Messi es el mejor del mundo en un fútbol cada vez más mediocre y mediático. Vale, pero no es líder. El mejor médico de un hospital no está obligado a ser el conductor de la institución, así como el mejor CEO de una compañía no necesariamente puede conducir un país. Un líder está hecho de una pasta que no tiene nadie en este grupo, y mucho menos el técnico (tampoco los anteriores).
4)  Ausencia de visión trascendente. La selección, vista de afuera, es un grupo de amigos que deciden quién puede sumarse la mesa y quién no. Cierran puertas a jugadores necesarios (de Tevez a Dybala, pasando por Pizarro y otros) y se las abren a quienes sean fieles a la cultura del aguante y la obsecuencia. Como en muchos partidos políticos y gabinetes. Las selecciones ante las que perdieron (Chile, Alemania, Brasil en su momento) representaban más que eso, expresaban (expresan) otra cultura, miran más allá de sus narices.
5) Ausencia de contexto. ¿De quién depende este grupo de jugadores? De la AFA, una institución corrupta con cimientos podridos, una sociedad anónima (o no tanto) para el latrocinio, que tocó fondo simultáneamente con los jugadores. No hay contexto, representatividad ni encuadre institucional. Hubiera sido un típico dislate argentino que así salieran campeones. Y hasta hubiera sido una peligrosa tapadera ante el improbable futuro del fútbol argentino.
6)  Ausencia de realismo. Jugadores, hinchada y buena parte de un periodismo acomodaticio creen de veras que en este grupo están los mejores jugadores del mundo aunque, juntos, jamás lo hayan demostrado (no cuentan partidos con Panamá, Bolivia, Estados Unidos, Honduras, etc.). Mientras tanto el mundo sigue su marcha, hace lo suyo con los pies en la tierra y en cada Mundial o Copa América propina una sonora cachetada. El fútbol refleja una actitud nacional extendida, presente en comportamientos sociales, políticos, económicos, empresariales, tecnológicos, etcétera. La idea de que atarlo con alambre es ser creativo, de que un Ser providencial se hará cargo de la felicidad colectiva, de que es más fácil llegar por los atajos (aunque lleven al abismo) que por el camino verdadero, de que somos los más rápidos y los más vivos y de que Dios es argentino (aunque se empeñe en disimularlo).
Un lugar común del fútbol dice que penal bien pateado es gol. Otro responde que los penales son cuestión de suerte. Agreguemos un tercero: se juega como se vive. La selección perdió su tercera final. ¿Cuántas viene perdiendo la sociedad en su conjunto a través de los gobiernos que elige, del modo hipócrita en que ignora lo que esos gobiernos hacen, de su creencia en líderes providenciales que se llevan todo y no dejan ni la esperanza (aunque si sus huellas)? Si la selección representa al país, aceptemos que una final no se pierde por un penal errado: antes hay 90 o 120 minutos de juego. Y, todavía antes, trabajo, práctica, ensayo y error, humildad, comunicación, visión. No se gana de milagro y Dios no patea penales. El fútbol es más que un deporte.