jueves, 16 de marzo de 2017

La procesión de los ciegos
Por Sergio Sinay

La tragedia de Olavarría es un síntoma más de la deriva que aqueja a una sociedad en donde la transgresión es una práctica mortífera y la ausencia de límites, guía y figuras orientadoras acentúa un extendido vacío existencial




Los medios están vendiendo pescado podrido, no crean lo que se dice”. Con estas palabras Carlos Indio Solari se deshizo de su responsabilidad en la tragedia de Olavarría. Dos muertos, un número indeterminado de desaparecidos y varios heridos vendrían a ser “pescado podrido”. Poco respeto por los fanáticos que ciegamente lo siguen tras un estéril mesianismo “antisistema” (?) que nada cambia y que termina una y otra vez en gigantescos, histéricos y violentos pogos. El mesías pide que crean en su palabra, no en los hechos. Que abandonen una vez más su razón, su capacidad de pensar, su discernimiento y los remplacen por una genuflexa aceptación de su relato. Es lo que digo, no lo que hago.
En su extraordinario ensayo El complejo de Telémaco el psicoanalista italiano Massimo Recalcati señala que hoy no se puede hablar de complejo de Edipo porque no hay padre con el cual competir, al cual oponerse o matar. El padre ha desertado de su lugar simbólico (muchos, demasiados, también del físico) y con él desaparecieron el legado, la norma, la guía y, dice Recalcati, la Ley de la Palabra. Esta pone normas, orientación, modelo y propósito existencial. Señala límites y alienta una noción de sentido. No es necesario para ello un padre perfecto ni uno autoritario. Nada de eso. Sí un padre presente que, con sus imperfecciones, se ponga a sí mismo como ejemplo bajo la Ley de la Palabra. Ausente el padre, en nuestra cultura nace el complejo de Telémaco. El hijo de Ulises, que otea el mar ansiando el regreso de su padre que partió hacia la guerra de Troya. Telémaco lo espera para que restaure el Cosmos, la armonía, en donde se impuso el Caos. Los pretendientes de su madre, Penélope, cometen todo tipo de desmanes y atropellos, devastan el reino de Itaca mientras Ulises no está. Y para regresar deberá sortear todo tipo de peligros y tentaciones, pero lo guía la misma ansia de reencuentro que hace a su hijo salir a buscarlo. Este es el tema de La Odisea, fundante poema épico cuyos ecos resuenan hoy con potencia.
Los hijos actuales piden restaurar la filiación perdida, esperan al padre pero este se niega a ocupar su lugar. En una cultura sin padre y sin la ley que representa, no hay nada a qué aspirar, no hay legado para hacer propio a través de una vida guiada por la Ley de la Palabra, no hay límite orientador. El padre de hoy, dice Recalcati, es incapaz de expresar el sentido del bien y del mal, de la vida y la muerte. Es un hijo más. Un hijo extraviado. En Olavarría, como en Cromagnon, había padres y madres con bebés. Sobran los padres adolescentizados, sin ejemplo ni autoridad (por favor, leer bien: autoridad, no autoritarismo)..
Sin padre nace la ilusión de que todo está permitido, de que todo es posible. De la Ley de la Palabra se salta a la Ley del Goce. Solo gozar. Y si algo se opone, transgredir. El goce ilimitado enferma los corazones y las almas, es compulsivo, insaciable y vacío de sentido. Crea una falsa sensación de libertad. Donde no hay ley ni límite no hay libertad, porque no hay que elegir. Y es eligiendo ante el límite, y respondiendo a los efectos de la elección, como se nace a la responsabilidad y a la libertad.
Creyéndose libres, apunta el autor de El complejo de Telémaco, las personas se licúan en las masas y, manipuladas por falsos profetas, sin pasiones ni ideales se arrojan a un goce vacío y mortífero. Quizás para el mesías de turno, ese que juega al misterio y la ausencia desde la comodidad de su Olimpo artificial, ese que arrea y fideliza a sus fanáticos con la repetida amenaza de su posible retiro, ese que no se responsabiliza de las consecuencias que desata, esto sea “pescado podrido”. Pero no es pescado. Son vidas a la deriva, son tragedias repetidas, son postales de una época oscura. Recalcati remite a La parábola de los ciegos, una impresionante pintura del holandés Pieter Brueguel, El Viejo, (1525-1569). En ella un ciego conduce a otros en una patética fila india hasta que todos caen a un profundo hoyo. No es el pescado lo que está podrido en la sociedad, sino otras cosas más graves y más tóxicas, arriba y abajo.  

viernes, 17 de febrero de 2017

Mucho timbreo, poca calle
Por Sergio Sinay

 Cuando a la sucesión de errores groseros y las excusas inaceptables se le suma una falta total de empatía, el gobierno pone en riesgo el principal capital que le confió buena parte de la sociedad: la confianza.



“No nos van a correr por veinte pesos”, dijo suelto de cuerpo, y de lengua, el Vice Jefe de Gobierno Mario Quintana. Se refería a las críticas al nuevo error del gobierno, que esta vez perjudicaba a millones de jubilados. En efecto, la diferencia en lo que los jubilados cobrarían a partir de marzo era de unos 20 pesos. Pero Quintana no pensó ni por asomo que 20 pesos significan mucho más que eso: tras esa cifra (que le iba a hacer ahorrar al gobierno unos 3 mil millones de pesos), hay personas. Personas. Per-so-nas. Son difíciles de ver para quien reduce su mirada a números y, sobre todo, a números que “cierren”. Cuando uno solo ve cifras y rentabilidad es imposible que desarrolle empatía. Tampoco la demostró el presidente cuando, sobre llovido mojado, declaró en San Luis: “"Estamos construyendo futuro a partir del amor y el respeto que les damos [a los jubilados]”. A veces es mejor callar a tiempo. Sobre todo cuando se viene de errores groseros, continuados y no forzados en los que siempre los perjudicados son los que andan de a pie, los que no son CEOs, los que pierden trabajos, los que son carcomidos por la inflación. Los que viven la vida real y no la de despachos endogámicos donde todos se autocelebran y celebran al macho alfa.
Sin duda el gobierno K fue una repugnante olla de corrupción, inmoralidad, clientelismo y criminalidad, y contó con la complicidad de buena parte de la sociedad (algunos de esos cómplices hoy ni siquiera aparecen para reconocer lo que se huele a distancia). Pero Cambiemos lleva un largo año y tres meses en el gobierno y ya no hay justificación para tanta torpeza, tanto CEO ineficiente (al que en una empresa privada lo hubieran echado hace rato) y tanto discurso sin fundamento.
“Nos equivocamos pero corregimos” es una excusa reiterada que ya suena a tomadura de pelo. Y hay hechos que no son equivocaciones y corroen el principal capital que sus votantes pusieron en Cambiemos. Es decir, la confianza en que algo iba a cambiar, que la corrupción no sería aceptada, que se hablaría con la verdad (promesa presidencial del día de la asunción), que se cambiarían los ejes culturales que enfermaron, y enferman, gravemente al país. El caso Arribas, el caso Panamá Papers, el caso Correo, la aparición de amigos y parientes del presidente ganando licitaciones serialmente, el caso (o los casos) Angelici, la intromisión sospechosa del gobierno en el negocio del fútbol son algunos ejemplos de cómo se consigue empobrecer y dilapidar ese capital de manera peligrosa. No es cosa de broma, porque ese capital representa acaso lo último que le queda a esta sociedad antes de la decadencia final.

Poca empatía, poca comprensión de lo que realmente ocurre, errores   grotescos (por ahora llamémosles así, y esperemos que no sean algo peor que eso) y excusas burdas son una consecuencia de tener, además, poca calle.  Mucho timbreo en casas previamente seleccionadas (con rápidas subidas de fotos a Instagram), mucho colectivo escenográfico con pasajeros elegidos  de antemano   para la aparición “espontánea” del presidente, mucho futbol semanal en la quinta de Olivos, pero poco potrero, poca caminata real por calles reales entre gente real. Por este camino el despertar puede ser duro, pero no imprevisible.

jueves, 2 de febrero de 2017

Manchester frente al mar: en el cine como en la vida

Por Sergio Sinay

Cuando una película se convierte en una epifanía que ilumina las zonas dolorosas de la vida





Luis Buñuel, director de Viridiana, El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía, un auténtico genio (palabra devaluada por su uso banal y excesivo), decía que una vez apagada la luz en una sala cinematográfica, el espectador queda a merced de lo que emite la pantalla. No hay tiempo para la reflexión (sí, quizás, al final de la proyección), las emociones mandan. Una gran diferencia con la literatura (podemos poner pausa en la lectura, pensar, regresar), con la pintura (nos alejamos de la obra, la miramos en perspectiva) o del teatro (los actores están en tamaño real, también sus voces lo son, no hay primer plano, podemos reflexionar). Por este motivo el cine se presta también a la manipulación emocional, a que un director tramposo nos acose con golpes bajos que no tenemos tiempo de esquivar, a que se nos abrume con chantajes emotivos.
Manchester frente al mar, película con cinco nominaciones al Oscar de este año, es una muestra de cómo se puede evitar todo eso y producir una obra de profunda sensibilidad y de enorme honestidad moral. Está mil veces demostrado que estos premios se deciden a menudo por razones oportunistas, por cálculo económico o político, o incluso por torpeza para diferenciar lo artístico de la chabacanería sentimental. Cualquiera de esas razones podría llevar el premio hacia un film que no sea este, dirigido por Keneth Lonergan y protagonizado por Casey Afleck, Michelle Williams, Kyle Chandler y Lucas Hedges. Más allá de esa eventualidad Manchester es un profunda, respetuosa, serena y empática incursión en el dolor que produce la más terrible de las pérdidas: la de los seres más cercanos, más queridos y más indefensos. En este caso, pérdidas físicas y afectivas. Confieso que pocas veces he visto en el cine un acercamiento a ese dolor hecho de un modo más honesto, más comprometido y más virtuoso en el plano de la narración, puesta en escena y actuación, que en esta película.
En la era del ¡pum para arriba!, de la liviandad como consigna, de la diversión boba e infatigable, de la superficialidad emocional, de los vínculos descartables, Manchester frente al mar es una joya rara, una piedra preciosa. El relato es pausado, no hay un solo golpe bajo (en un tema que invita a propinarlos), no hay catarsis prefabricadas, de esas en que los personajes entienden todo en un segundo y lo recitan con una sabiduría que ni por asomo mostraron en sus conductas previas, no hay esas confesiones del final que le permiten al espectador salir del cine tranquilo y listo para cenar o para la pizza, no hay redenciones utilitarias. No hay concesiones fáciles. Hay una historia real de seres reales, que pueden lo que pueden (a veces muy poco), que caminan a tientas con culpas y dolores a cuestas, que no son ni héroes, ni villanos, que se dañan sin saberlo y se aman a tientas.
Hay algo que me hizo recordar, aunque parezca insólito, a La rosa púrpura del Cairo, de Wody Allen. Y es que aquí, de veras, los personajes parecen abandonar la pantalla, echar andar por la vida real, a nuestro lado, entre nosotros, y observándolos no queda otra cosa que seguirlos en silencio, a su ritmo, respirando con ellos, recibiendo en silencioso y hospitalario silencio su padecimiento. Si alcanzan esa carnadura es porque las actuaciones de Afleck, Hedges y Williams semejan epifanías, obedecen a momentos de inspiración que solo pueden explicarse porque (especialmente Afleck) estuvieron iluminados al abordar este trabajo. Sin adelantar el argumento, quiero marcar una secuencia (la de un entierro) y una escena (la del encuentro casual y el diálogo de una pareja que circunstancias trágicas separaron tiempo atrás). Solo esas dos gemas, entre tantas, honran al lenguaje del cine como arte, a los actores como mensajeros de ese arte y al director Lonergan como un artista que, como Miguel Ángel, quitando con talento lo que sobra, deja a la vista la belleza profunda de su creación.
Si hay obras de arte que pueden dejar huellas perennes en sus espectadores y modificar algo en el interior de ellos, Manchester frente al mar es una de ellas, sin duda.

martes, 24 de enero de 2017

La “anomia boba”, un producto nacional

Por Sergio Sinay








Una encuesta realizada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y publicada en diario El Día, de La Plata, el domingo 15 de enero pasado daba cuenta de que, según propia confesión, el 71% de quienes concurren a las fiestas electrónicas (o “raves”) habían consumido drogas psicoactivas o pensaba hacerlo. De ellos el 75% eran varones y el 65% mujeres. Marihuana, éxtasis, LSD, cocaína, anfetaminas y ketamina figuraban entre aquellas sustancias. El 77% de estos consumidores alardeaba, según propias palabras, de tener “estrategias de autocuidado”. Aun así el consumo no es gratis (alguien vende) ni en dinero ni en consecuencias.
La crudeza de estos datos convive con anuncios dispersos y confusos sobre las medidas que autoridades de diferentes distritos proponen poner en práctica para controlar lo que ocurre en esos eventos y prevenir sus consecuencias. En suma esas medidas van desde aumentar el número de inspectores (siempre desbordados, cuando están presentes, por el número de concurrentes), disponer de puestos sanitarios, instalar espacios (dentro de los predios de las fiestas) para comunicar a los consumidores acerca del uso y consecuencias de las sustancias (como si ellos no lo supieran), informar con antelación a los hospitales de la zona para que estén preparados (distrayendo de esta manera escasos recursos necesarios para otras urgencias y necesidades), requerir autorización con mucha anticipación, y algunas ideas más en esta línea. En varios casos las autoridades distritales dudan entre endurecer las condiciones para los permisos, prohibir directamente la actividad o seguir como hasta ahora. La falta de criterios homogéneos, fundamentados y planteados con claridad y decisión permite a los organizadores y a los consumidores seguir adelante, con alguna que otra incomodidad como es la de mudarse a regiones más permisivas.

CONSUMO GARANTIZADO
Un viejo dicho sostiene que a confesión de partes relevo de pruebas. Lo central del tema está en la cifra emanada de la encuesta: siete de cada diez asistentes sabe exactamente a qué va a estas fiestas, y si los tres restantes lo ignoran no tardarán en aprenderlo. Esto, que ellos plantean con claridad y desparpajo, es justamente de lo que no se habla. No se habla de la droga, como si se temiera abordar la cuestión. Y las medidas que se proponen (aunque se las presente como “rigurosas”) bien pueden tomarse como una rendición. Se intuye un mensaje subliminal: “continúen consumiendo, nosotros les garantizaremos las mejores condiciones de seguridad para que lo hagan con consecuencias más leves o con pronta asistencia cuando la consecuencia se produzca”. Las “raves” son una manifestación “cool”, glamorosa y “legal” de la grave dolencia que aqueja a un país invadido por el narcotráfico, con su derivado de violencia, tragedias y mentes y vidas tempranamente tronchadas. Esto por no hablar de los espacios políticos, sociales y económicos hasta donde llegan los tentáculos del problema.
Más aún, las “raves” muestran cómo la sociedad ha ido naturalizando un peligroso modelo de vida en el cual el hecho consumado se convierte en derecho adquirido, y frente a él las autoridades (en todos los niveles, desde el más alto) conceden y retroceden. En la misma edición de El Día se informaba que la venta clandestina en La Plata creció un 75% en dos años. La investigación mencionaba una “cadena millonaria de ilegalidad”. La ciudad de Buenos Aires fue escenario reciente de una revuelta de vendedores ilegales que habían hecho imposible la vida y la circulación en áreas neurálgicas de la metrópoli. Tras cortar el tránsito y dañar espacio y propiedades públicas los infractores consiguieron que se les conceda un cómodo espacio especial para su actividad y un sueldo que duplica la jubilación mínima. ¿Es descabellado imaginar, entonces, que una rebelión de “trapitos” podría terminar con autoridades municipales concediéndoles escrituras sobre las aceras de la ciudad para que las usen “legalmente” a voluntad, amén de algún subsidio complementario?
Los ejemplos cunden y es posible que cada lector pueda aportar el propio. Quien por número, hábito, prepotencia o vínculos de algún tipo con el poder inicia una actividad ilegal, o peligrosa, o violenta o no reglamentada no tardará en convertirla en derecho propio e inalienable.
El escritor y político romano Cicerón (106 aC-43 dC), considerado uno de los más grandes e inspirados oradores de la historia, sentenció que “para ser libre hay que ser esclavo de la ley”. Es que la ley nació en la historia de las sociedades humanas para garantizar en primer lugar la supervivencia de las mismas y, como consecuencia de ello, la posibilidad de que cada persona pueda desarrollar sus dones como el individuo único que es. El objetivo de la ley, si se piensa con detenimiento, no es darle a cada uno lo que quiere sino limitar a todos para bien del conjunto. Un semáforo, por ejemplo, está colocado para que cada uno llegue unos minutos más tarde, pero sobre todo para que todos lleguemos. Cuando se respeta al semáforo se respeta al prójimo que conduce otro vehículo, al peatón que cruza la calle y se adquiere el derecho a ser respetado, puesto que se cumplió con el deber de respetar. Lo mismo ocurre cuando se cuidan, honran y comparten los espacios públicos y comunes, cuando se aceptan las prioridades, cuando no se hace de la transgresión un deporte.

UNA PICARDÍA CARA
En su libro “Un país al margen de la ley” (que merecería ser de lectura obligatoria) el gran jurista y pensador Carlos Nino (1943-1993) examina de un modo claro, lúcido e implacable lo que llama “anomia boba”, un virus que parece haber atacado a la sociedad argentina en sus mismos orígenes, cuando los adelantados y virreyes españoles respondían a las órdenes de la corona con esta frase: “Se acata, pero no se cumple”. En la Argentina, dice Nino, es caro y engorroso cumplir la ley y barato y fácil no cumplirla. Y cuando se la obedece suele ser antes por temor que por conciencia moral.
El hábito del incumplimiento, el desdén por la ley, es decir la anomia, termina siendo boba, porque aunque el transgresor cree sacar ventaja no solo perjudica a todos sino que daña los recursos comunes que él mismo necesitará tarde o temprano. Cuando se reitera la gastada pregunta acerca de qué nos pasa a los argentinos que nunca despegamos, hay que estar dispuesto a enfrentar la respuesta con toda su crudeza. La “anomia boba” se cultiva en equipo (palabra hoy de moda) entre ciudadanos ventajeros y autoridades temerosas o electoralmente calculadoras. Luego se transmite a través de conductas a las siguientes generaciones.

El silencio conque se elude enfrentar la cuestión central de las fiestas electrónicas (que no es por cierto la cuestión burocrática de las ambulancias, los puestos sanitarios o la provisión gratuita del agua necesaria para que el consumo de drogas sintéticas no se vea obstaculizado) es un producto directo de esa “anomia boba” practicada en conjunto. Hoy, con ocho muertos en un año en “raves” descontroladas, este es el ejemplo que está en el candelero. Mañana cederá su lugar protagónico a otro fenómeno. Hasta que quizás un día suceda el milagro de que la sociedad argentina acepte que los límites existen, que la ley es una conquista que permitió a los humanos sobrevivir y coexistir, que los deseos no son derechos, que los deberes nos reclaman y que hay mejores formas de convivir. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Echeverría o la imposibilidad de la Argentina

Por Sergio Sinay

Reseña de una novela excepcional, que penetra en el alma de uno de los tantos protagonistas de la  historia que soñaron con una Argentina imposible y se vieron derrotados y expulsados por el atrevimiento.






En un momento avanzado de su corta vida, y de la trama de esta novela excepcional (para decirlo pronto), Esteban Echeverría piensa que si está en donde está en ese momento, exiliado en su propia patria, huyendo del salvajismo intolerante de una dictadura que se atribuye la voz del “pueblo” y de la “patria” (dos palabras caras a los populismos y a los autoritarismos de todos los tiempos), es porque él estaba equivocado. Escondido en medio del desierto, derrotado intelectual y moralmente, a merced de una enfermedad que lo va venciendo sin remedio, acepta que “la Argentina no es lo que creía”.
Echeverría, la novela de Martín Caparrós, es el relato de esa derrota, de ese desencanto y es una profunda e implacable meditación sobre la literatura, sobre cómo se cuenta la historia y sobre la imposibilidad de la Argentina. Una imposibilidad que, a la luz de esta narración, asoma como congénita.
Esteban Echeverría mamó en París la leche del romanticismo y de la democracia republicana mientras estuvo becado allí por el gobierno de Rivadavia, entre 1826 y 1830, y a su regresó creyó que con la estética y la pasión del primero se podía fundar una literatura argentina y que con los fundamentos de la segunda sería posible avanzar en la visión de un país que superara antinomias trágicas y sangrientas y se construyera sobre la diversidad, la equidad social y sobre el credo republicano. Intentó plasmar esos ideales junto a figuras como Marcos Sastre, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez entre otros. No fue casual que, en su momento, todos terminaran en el destierro, y que aún hoy sean ninguneados por portadores de poderes e ideas que han mantenido al país alejado de todo destino posible. Aun así Echeverría logró al menos fundar la literatura argentina con un poema como La cautiva y, sobre todo, con un relato como El matadero. “La historia del muchacho en el matadero del Alto le ocupa la cabeza”, se lee en la novela. “Le parece un reflejo de lo peor de la Argentina: una metáfora, se dice, de lo peor de la Argentina –de lo que no creía que la Argentina fuera”.
La escritura de Caparrós en Echeverría es depurada, precisa, incisiva. Cada palabra cuenta, no está allí por azar. Hay una impresionante penetración en los sentimientos, pensamientos y respiración del personaje. Y una lúcida y perfecta simbiosis entre lo ficcional (lo que el autor imagina sobre este protagonista real) y la reflexión sobre las circunstancias históricas en las que vive. Sin ruptura esa reflexión se extiende al presente y lo hace también sin subrayados innecesarios ni moralejas. Se puede intuir (al menos lo intuí como lector) que, mientras acompaña la odisea de Echeverría, Caparrós medita sobre sí mismo como escritor, sobre esta misma obra y sobre el papel y el deber de los intelectuales, sobre todo después de las perversas, oportunistas y corruptas conductas que tantos de estos exhibieron sin pudor y sin moral en tiempos recientes. Tiempos acaso tanto o más oscuros que los vividos por Echeverría. Quizás haya que afirmar que son más oscuros, porque el autor del Dogma Socialista (propuesta de una democracia posible) murió pobre y enfermo en Montevideo, en 1851, a los 46 años, como una víctima más de un país expulsivo, y en lo profundo y esencial nada parece haber cambiado desde entonces.

Tanto desde el punto de vista literario, como desde el político e histórico, Echeverría, la novela de Martín Caparrós, es un texto poderoso, necesario, inclemente, y una exquisita muestra de lo que significa escribir bien. De su lectura se sale conmovido, dolorido y con una certeza. No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio. No, al menos, en la Argentina.

miércoles, 4 de enero de 2017

El amor y la política

Por Sergio Sinay

Esta columna fue publicada en el diario Perfil el 31-12-16


¿De qué son capaces los individuos cuando se reúnen, se organizan, piensan y deciden? Para el filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou, lúcido pensador contemporáneo, responder a este interrogante hace al corazón de la política. Por eso, dice en Elogio del amor, no se puede hacer política sin el Estado, pero la meta no puede ser apoderarse del mismo para acumular poder. La meta es la respuesta a la pregunta inicial de este texto.
El mismo interrogante, acota Badiou se aplica al amor: ¿dos que son irremediablemente diferentes, serán capaces de asumir juntos esa diferencia volviéndola creadora? Si lo hacen romperán con lo establecido y crearán algo nuevo. Lo mismo ocurrirá, de modo colectivo, en la política. No puede haber una política del amor, señala el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han al ocuparse de este tema. Pero tampoco puede haber verdadera política sin amor. Veamos por qué.
Si no se reconoce la existencia del otro, su diferencia, la imposibilidad de aprehenderlo y convertirlo en objeto, si no se respeta la alteridad y no se la convierte en motor del vínculo, no hay amor ni erotismo, sino pura sexualidad narcisista, genitalidad sin destino más allá del instante fugaz. En La agonía del Eros, Han insiste en que erotismo y amor son inseparables. El erotismo necesita del otro, es de a dos, y allí talla el amor. La sexualidad a secas, se basta con la pornografía, donde no hay otro ni contacto, ni mirada, ni piel ni tacto.
A su vez, agrega el filósofo, la política actual carece de valentía, se carga de enojos o de descontentos, pero no de ira. La ira transforma estados, produce algo nuevo. El enojo y el descontento carecen de potencia alteradora, dejan todo como está. Así la política se atrofia y se convierte en mero trabajo. Burocracia sin un para qué colectivo, sin “nosotros”, aunque se repitan estribillos carentes de pasión, como  “en todo estás vos” o “juntos podemos”.
¿Cómo podría haber alteridad, como podrían existir el otro y un Eros político, cuando quienes gobiernan creen dogmáticamente que las redes sociales remplazan al encuentro real entre personas reales, que se trata de llegar a  muchos aunque no tengan rostro ni carnalidad, aunque sean presencias virtuales, y no al prójimo personificado, ese que (en palabras del gran filósofo existencialista Emanuel Lévinas) con su presencia, su rostro, su mirada, me da existencia, funda el humanismo y da sentido a la moral? Cuando se timbrea ante puertas previamente seleccionadas o se viaja en colectivos escenográficos junto a pasajeros reclutados, se convierte al Eros de la política en simple genitalidad. El otro de ese colectivo, de ese timbreo o de ese abrazo epidérmico a un jubilado es un simple objeto. Esa persona no existe como tal, es un medio, no un fin. Como en la pornografía, no hay amor ni erotismo.
Cuando Eros está ausente, dice Byung-Chul Han, el logos deja de ser conocimiento real y profundo y se transmuta en una colección de datos. Nada más. Acaso a la luz de todas estas ideas se pueda ver desde otra perspectiva las recientes eyecciones de Isela Costantini y Alfonso Prat-Gay. Lidiando con áreas extremadamente conflictivas en sus funciones aparecía en ellos la alteridad, la diferencia, se configuraban como otros reales dentro del “equipo” (?) gobernante. Proponían la discusión, la búsqueda del objetivo común desde la divergencia. Sobre todo Costantini, que además de números veía personas (el personal, los pasajeros). Demasiado Eros para un narcisismo primitivo, que se parapeta detrás de lo igual, sospecha de lo diferente y le teme o lo desprecia.
El amor es una aventura singular mientras la política propone una aventura colectiva, advierte Badiou. No deben confundirse, aunque, en su esencia, ambos proponen cambiar, transformar, crear. Solo que en el amor hay obstáculos y en la política enemigos. Saber identificarlos es el desafío. Si no se sale al mundo externo se creerá que están adentro. Y salir requiere quitar los ojos de las pantallas y mirar a las personas. El amor interrumpe la perspectiva unipersonal, hace surgir al mundo desde el punto de vista del otro, dice Han. Y quizás en este punto el amor tenga algo importante que enseñarle a la política.


viernes, 23 de diciembre de 2016

¿Qué decimos al desearnos felicidad?

Por Sergio Sinay

La felicidad no es una meta a alcanzar, sino un fruto a recoger. Todo depende de la siembra.




Va a ser una de las palabras que más diremos y que más escucharemos en los próximos días. Acaso encarna la mayor aspiración humana. Felicidad. Felices fiestas. Feliz Año Nuevo. Felicidades. En esta época del año la palabra se cuela en cada frase. ¿Qué deseamos, qué nos desean cuando la invocamos? ¿Qué es la felicidad, en definitiva? En el origen de la palabra, encontraremos el término griego eudaimonía que, según Aristóteles, se trata del bien supremo al que aspiran todas las acciones humanas.
Y, sin embargo, ¿qué es la felicidad para cada uno de nosotros en particular? Probablemente no habrá dos respuestas similares, porque no existen dos personas iguales. ¿Cómo alcanzar, entonces, la felicidad? ¿Cómo llegar a ella? Creo que cuando nos planteamos estas preguntas, las respuestas se nos escapan como arena entre los dedos. Porque, en mi opinión, la felicidad no es algo que se alcanza ni un lugar al que se llega. El escritor alemán Herman Hesse (autor de Siddartha y El lobo estepario) decía que “es un cómo y no un qué, no es un objeto”. De acuerdo con esto, podríamos verla como una forma de viajar, no como un destino.
¿De qué esta hecho ese viaje? De nuestras acciones diarias, de nuestros vínculos, de nuestras actitudes. Creo que antes que buscar la felicidad, hay una prioridad. Se trata de encontrar un sentido a nuestra vida personal, singular, única. Un sentido trascendente. Trascender es ir más allá de uno mismo, alcanzar a otro, a otros, a través de lazos de amor, de empatía, de colaboración, de fecundidad, de comprensión, de aceptación. Eso nos hace humanos, esa es la gran diferencia entre nosotros y otras especies. Trascendemos, entendiéndolo de este modo, en la relación amorosa nuestros hijos, con los seres que amamos, con la apertura hacia aquellos con quienes nos vinculamos de diversas maneras, en una obra de arte, en el modo de encarar nuestro trabajo, en la forma en que nos integramos en los círculos y en la comunidad que constituimos, en el alimento que elaboramos y ofrecemos, en las palabras conque nos acercamos al semejante. No hay recetas. Cada ser es único y encontrará un modo único de ir más allá de sí para trascender en los otros. Cuando entendemos en qué consiste la trascendencia (no se trata, queda dicho de hacer grandes obras, de convertirse en prócer, de alcanzar celebridad), todos los actos y gestos de nuestra vida, aún los más pequeños, tienen sentido.
Con el sentido se hará presente la felicidad. No será el resultado de una búsqueda, sino la consecuencia de un modo de vivir y de vincularse. La búsqueda obsesiva de la felicidad suele llevar a penosos malos entendidos. Así confundimos satisfacción con felicidad. La satisfacción es epidérmica, no trasciende. Tampoco el placer entendido como fin es felicidad. Cuando buscamos la felicidad como un cazador que persigue una presa, solemos volver con las manos vacías. Tampoco se trata de una meseta en la que nos instalaremos para siempre
Estas confusiones nos hacen creer que la felicidad anida en  un auto, un viaje, una silueta perfecta, una abultada cuenta bancaria, una operación que promete hacernos más jóvenes, una casa imponente, el artefacto de última generación, en una relación o en una persona. El pensador indio Krishnamurti decía : “Cuando buscamos la felicidad por medio de algo, ese algo se vuelve más importante que la felicidad misma. Cuando la felicidad es buscada a través de un medio, ese medio destruye el fin”.

En esos casos sobreviene una angustia, un vacío inexplicable. ¿Si lo tengo todo por qué no soy feliz? Porque la felicidad no anida en el tener. Es una sensación, es la consecuencia de una actitud ante la vida, no se puede capturar como una mariposa de colección. Es el resultado de nuestros actos, somos responsables de ella. Sería hermoso que al desearnos felicidad, en estos próximos días, nos estemos deseando una vida trascendente, una vida ligada al semejante, una vida con sentido.