jueves, 2 de junio de 2016

Hora de ponerse los pantalones para una tarea pendiente

por Sergio Sinay

Prólogo a la nueva la nueva edición, corregida, aumentada y actualizada del libro La masculinidad Tóxica



El miércoles 3 de junio de 2015 cientos de miles de personas (la mayoría mujeres, aunque había buen número de varones) se movilizaron en toda la Argentina, e incluso en países vecinos bajo la consigna Ni una menos. Esto significaba que ni una sola mujer a partir de entonces debería estar ausente de este mundo por causa de un femicidio, es decir asesinada por un hombre. Era el grito indignado contra una verdadera epidemia de violencia ejercida contra las mujeres no sólo a través del asesinato sino también del abuso, la violación, la descalificación, la agresión verbal y otras formas (muchas de ellas sutiles) de degradación.
El jueves 5 de noviembre de 2015 centenares de hombres salieron a las calles también en varias ciudades, con epicentro en Buenos Aires, usando faldas y muchos de ellos zapatos de tacos altos, bajo el lema Ponete polleras si sos hombre. "Hoy todos somos mujeres y estamos en riesgo”, advertían los organizadores. “Creemos que podemos fortalecer la lucha de ellas mediante esta marcha y acompañar a las mujeres".
Estos dos hitos, separados por pocos meses, venían a señalar que el machismo sigue vivo a pesar de todo lo que se diga desde el voluntarismo bienpensante o desde la indiferencia irresponsable, y que continúa siendo letal, aberrante y destructivo. Entre la primera edición de este libro y esas dos fechas pasaron diez años y ambas movilizaciones confirmaron en mí la convicción de que poco había cambiado en esa década. Del mismo modo en que poco había cambiado entre principios de los años 90 (o exactamente 1992, cuando publiqué mi libro Esta noche no, querida, que respiraba esperanza en lo que entonces se anunciaba como una “Nueva Masculinidad”) y aquel 2006 en el que La masculinidad tóxica apareció por primera vez.
Como autor, como protagonista y como analista y crítico de la escena social y cultural podría ufanarme hoy de haber acertado en el diagnóstico. Como hombre, en cambio, la vigencia candente de estas páginas me produce tristeza e indignación. La misma tristeza e indignación me acometen cuando leo o escucho banales anuncios o celebraciones de nuevos modelos masculinos (supuestamente más sensibles, más cooperativos en las relaciones con las mujeres, más espirituales, más “femeninos”), de “nuevas” paternidades o de “nuevas” sexualidades. Sospecho que, nuevamente, responden al deseo impaciente de quienes creen que la transformación de una realidad firmemente arraigada, avalada desde mandatos familiares y culturales, estimulada desde canales sociales y sólidamente vinculada a factores de poder político, económico, educacional y social, puede lograrse en un abrir y cerrar de ojos, sin esfuerzo, sin sacrificio, con compromiso epidérmico, con mucho discurso y poca acción.

Mirar para ver
Hay que mirar, con los ojos abiertos y con la disposición a no negar lo que se observa, qué ocurre en la política, en el mundo de los negocios, en los eventos y prácticas deportivas, en la conducta generalizada de ídolos de la farándula, de la música, del espectáculo, en el lenguaje (ámbito en el que las mujeres se expresan de una manera cada día más tóxicamente masculina tanto en el uso de vocablos, insultos, descripciones, como en los tonos e inflexiones), hay que mirar, sin negar lo que se ve, en el terreno de la sexualidad (mujeres a  la ansiosa espera del viagra femenino o con genitales depilados por exigencia de varones que las prefieren disfrazadas de actrices porno, esto por nombrar apenas dos fenómenos), hay que mirar la legión de nuevas heroínas del comic, de la televisión, del cine o de los juegos electrónicos para encontrar a mujeres que encarnan estilos masculinos de violencia, de resolución de conflictos, de decisión. Una de las más populares heroínas literarias de la década fue Lisbeth Salander, una hacker de aire marcadamente andrógino presente en la sobrevalorada trilogía del sueco Stieg Larsson, iniciada con Los hombres que no amaban a las mujeres (una serie de novelas mal escritas, peor traducidas y plagadas de los más obvios lugares comunes del pensamiento “políticamente correcto”). A la hora de las decisiones y de la acción, Salander resulta más “viril” e impiadosa que el auto conmiserativo y melancólico periodista Mikael Blomkvist, protagonista masculino de la saga. En House of Cards, serie de televisión que glorifica sutilmente las bajezas y la criminalidad ocultas de la política hasta hacerse adictiva para su legión de seguidores, Claire Underwood (interpretada por Robin Wright), en la ficción esposa del congresista Frank J. Underwood (Kevin Spacey) suele ser aún más inmoral, manipuladora y despiadada que su marido (lo que es muchísimo decir) cuando hay que tomar decisiones para continuar en el camino de ambos hacia la Casa Blanca. Son apenas dos íconos de la cultura contemporánea que informan (como suelen hacerlo las expresiones literarias, cinematográficas, televisivas, fotográficas, musicales o gráficas) acerca del “aire de los tiempos” (concepto que Hegel trajo a la filosofía con la palabra alemana Zeitgeist).
 La masculinidad tóxica vive, sigue siendo un modelo dominante en la formación y la conducta de los varones, y cuando es detectada suele mimetizarse, cada vez con mas habilidad y frecuencia, bajo un disfraz “femenino”. Ha demostrado tener una cualidad inesperada. Como los virus y bacterias que mutan ante la aparición de nuevos antibióticos y fármacos, también este patrón masculino es lábil, escurridizo, cambiante. Se disfraza de su opuesto, abandona sus aspectos más obvios y rústicos y los cambia por apariencias más confiables, más “suaves”.
Digo en este libro, y lo repito en diferentes ámbitos, que un varón que cambia pañales o pone a funcionar un lavarropas ayuda y es bienvenido, pero con solo eso no cambia paradigmas. El cambio superficial es el que propugnan la publicidad y el marketing que pretenden mostrarse “revolucionarios” o “evolucionados” pero buscan en realidad atraer a los varones a mercados de los que hasta hace unos años estaban ausentes: productos domésticos, alimenticios, moda, cosmética entre otros. Esa misma publicidad nos presenta mujeres que toman decisiones, practican deportes y conducen autos a altas velocidades, pero luego necesitan de la ayuda de un muñeco musculoso para seguir haciendo lo de siempre: lavando baños, pisos, ropa y vajilla. Todo depende del producto que se quiera vender, y a quién. Cuando un aviso muestra, como ocurrió, que un bebé de meses autoriza a su padre, mediante una guiñada de ojos, a que compre el auto más poderoso (a espaldas de la madre, por supuesto, porque es una decisión ajena a las mujeres), la publicidad nos está anunciando, quizás por un descuido, cómo serán los hombres adultos de mañana: el mismo contenido en distinto envase. Un envase más atractivo, acaso más light, más soft. Si se mira con atención lo que transmite la publicidad, se verá que por cada hombre de impostada ternura que anda por allí circulan dos o tres mujeres “fuertes” a la manera masculina. Los canales por los cuales corre la masculinidad tóxica son masivos, de llegada directa y segura.
Escucho a muchos padres y madres de millennials (los nacidos durante el cambio de siglo) diciendo con cierto orgullo que sus hijos “no son así”. Esto significa que no son machos rudos y obvios, como la imagen antigua del machismo. Seguramente no lucen así. Y es posible que muchos de ellos abominen de esa figura y exhiban conductas diferentes con sus mujeres e hijos. Pero no son la masa crítica, no alteran aún el amperímetro. Y, aunque no guste leerlo y escucharlo, muchos de ellos, en situaciones críticas, desenvainan los viejos patrones. Una transformación social necesaria y profunda no ocurre solo porque se la desee, lleva más de una generación y tiene costos a veces altos.

Honrar los pantalones
Si bien la masculinidad tóxica es provocada por un virus que se manifiesta con toda su crudeza en las áreas del mundo en la que siguen dominando los hombres, también las mujeres, como adelanté en este texto, son portadoras y a menudo propagan el fenómeno. Lo hacen a través mensajes directos o subliminales, inconscientes o voluntarios, que transmiten a sus hijos e hijas. Lo hacen a través de conductas propias, como cuando consienten en ser objetos del deseo masculino y no sujetos de un vínculo de pares, cuando especulan con lo que podrían obtener de la relación con un hombre o lo que perderían con la ruptura de esa relación, cuando viven pendientes de su cuerpo (que no es lo mismo que estar pendiente del bienestar integral del ser) para no quedar fuera de una carrera cuyos códigos los siguen imponiendo los varones. Lo hacen cuando ingresan al espacio de los negocios, la política o el deporte “a lo macho”, transigiendo con el modelo masculino y demostrándose capaces de ejercerlo (uno de los nuevos fenómenos deportivos explotados por la televisión es el boxeo femenino, por ejemplo y en el fútbol femenino las conductas masculinas se expanden con llamativa facilidad).
Pero no es la portación femenina del virus el tema central que sigue predominando con vigencia en este libro, sino lo que nos toca a los hombres. Ver a varones inocultablemente machistas (personajes de la política, el deporte, la farándula y variadas vidrieras sociales) apoyando y divulgando la marcha Ni una menos no sólo repugna, sino demuestra hasta qué profundidad cala la patología. Cuando los medios apoyan y difunden fotos de esos especímenes exhibiendo muy orondos los afiches y el logo de la marcha, queda en claro el fuerte apoyo y los canales conque el tóxico cuenta a su favor para seguir envenenando.
En el otro extremo, estoy convencido de que no es vistiendo polleras ni proclamándose feministas que los varones contribuirán a transformar esta realidad. En lo personal eso me resuena como un espasmo de culpabilidad. Sé a lo que me arriesgo al opinar así. Pero como varón no asumo culpa ni responsabilidad por actitudes machistas de otro varón. Si todos los hombres somos culpables (como cierto feminismo parece expresar), no hay responsable. La responsabilidad es siempre individual, ya lo decía Hannah Arendt, cada cual debe asumir las consecuencias de sus acciones. Los hombres machistas. Los políticos indiferentes (y cómplices), los comunicadores que avalan situaciones, los padres que educan a sus hijos, los publicistas, los deportistas. Así como la responsabilidad es individual, será desde lo que cada uno haga (como actúe, cómo hable, cómo se relacione) en cada ámbito y momento de su vida como podrá ser factor de cambio o de conservación, de ocultamiento o de denuncia.
No “somos todos mujeres”, como proclamaban los impulsores de la marcha de varones con faldas. No. Los hombres somos varones y no es con ropas de mujer como ayudaremos a terminar con la toxicidad, sino con el ejercicio de una masculinidad sanadora, vigorosa, no culposa, que rescate y ponga en práctica los valores profundos de nuestra condición. Vestidos como varones, sin necesidad de transvestirnos y sin avergonzarnos ni sobreactuar nuestro compromiso con la equidad. Esos valores reales de la masculinidad profunda existen, son la fuerza constructiva, la constancia que lleva adelante proyectos que mejoran el mundo, el amor que no teme expresarse con modales propios, la paternidad que guía, orienta y construye una respetuosa autoridad, la sexualidad creativa, la generosidad, la competitividad que tiene como fin mejorar antes que arrasar, la asertividad que construye seguridad emocional en quienes nos rodean.
Necesitamos vestirnos como hombres, crecer como hombres, envejecer como hombres y desde ahí reparar lo masculino degradado y herido. Necesitamos honrar la diferencia, lo necesitan nuestras mujeres y nuestros hijos. No se trata de convertirnos en feministas, sino en masculinos, que no es lo mismo que machista. No tenemos que transformarnos en mujeres. Nacemos varones y tenemos que hacernos hombres. Hombres que honren su condición, que mejores el mundo, que no necesiten disfrazarse de otra cosa. No se trata de igualdad sino de equidad. Varones y mujeres somos diferentes y se trata de enriquecernos unas y otros a partir de esa diferencia. Debemos proponernos la equidad, entonces. Unas con faldas, otros con pantalones, comprometernos con un trato similar por parte de la justicia, con salarios y tratos ecuánimes, con oportunidades laborales, políticas, científicas, educacionales equiparables, comprometernos, en fin, con el respeto recíproco, con la mutua aceptación de lo que nos hace distintos. 
Hace diez años, cuando nació por primera vez este libro (este es su segundo nacimiento) los varones teníamos muchas tareas pendientes. La mayoría de esos deberes sigue allí, esperándonos. Algunos varones los han emprendido sin renunciar a su condición. Bien por ellos. Abren camino. Y por ese camino tendremos que marchar.

Ojalá dentro de diez años este sea un libro obsoleto. A propósito no he tocado en este texto ni los conceptos ni la información de la edición original. He agregado esta nueva introducción, he agregado datos y cifras de este presente y también, en muchos tramos, ideas que refuerzan, actualizan y amplían a las que estaban expresadas. Creí que de este modo resulta más evidente lo poco que cambiaron las cosas en lo sustancial. Ojalá, repito, todo esto pierda vigencia en el tiempo por venir. Mientras tanto, más de 40 mujeres fueron asesinadas solo en los cuatro meses que siguieron a la marcha Ni una Menos. Diez por mes. Alrededor de 300 por año son exterminadas sólo en la Argentina por machos que nunca llegaron a ser hombres. El virus de la masculinidad tóxica sigue vivo. No está en una probeta. Está entre nosotros. Es allí donde hay que combatirlo. Este es mi aporte.

1 comentario:

  1. Excelente aporte, Sergio. Si miramos con los ojos abiertos veremos machistas políticamente correctos por todos lados.

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